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luego de revisar un poco cierta bibliografía sobre lo ocurrido en Abu Ghraib

recordé las noches que pasaba junto a Gauge hablando de los momentos incómodos en que sentía estar invadiendo de a pocos las consciencias de aquellos paraproductores pornográficos que se nos acercaban. Me refiero a los camarógrafos, los productores de campo, los publicistas, maquilladores, etc., gente que está a una distancia considerable del centro del asunto (ojo-cuerpos), es decir, de los actores y actrices, y del director (que muchas veces es incluso el productor general, cosa mala que se está acabando, gracias a Dios, le decía yo a Gauge)… gente porosa y tantas veces amable a pesar de los (bien) construidos prejuicios sobre la industria… no se deja de sentir que los nervios están a flor de piel, que durante algunos segundos, en los que se supera la excitación, se abre una puerta terrible, amiga

como les decía: Gauge opinaba que era inevitable que en un momento dado de la grabación (de ciertas obras) se sintiera que se estaba entrando en sintonía con alguna fuerza, con algún tipo de hambre que nunca es más que sus modos de expresión, variable y terrible, a veces con alas, a veces como leones que recorren pasillos largos de una mansión, a veces incluso como pequeños drones que recorren pequeñas montañas muy verdes en medio de algún país muy verde y muy fracturado, o pequeños drones sobrevolando los suburbios como si volaran sobre campos clínicos chupando la luz solar para seguir ahí flotando, pendientes… o pequeños drones como flores en el cielo viendo cómo corremos desnudas por largas carreteras desérticas, donde no han pasado carros en decenas de años… es terrible…

me decía a mí mismo que todo esto va en paralelo con el ir y venir de mi pueblo

donde el alcalde abusaba de las mujeres que estaban encarceladas, principalmente prostitutas del pueblo y las veredas cercanas que encarcelaba a veces de manera injusta para estos fines

un pequeño pueblo en la mitad de Colombia

no sobra decir que al alcalde no lo agarraron nunca, y no sobra decir que el dinero va y viene

y alguna de las chicas (dinero va, dinero viene) incluso fue desaparecida del pueblo (mientras le contaba esto a Gauge, ella me miraba con ojos de profundo entendimiento y a veces incluso de asombro) (Gauge algunas veces decía que pocas cosas le asombraban)

a la gente del pueblo nos venían con la historia de “esa muchacha se fue a Bogotá”, y así puros cuentos raros, tan verosímiles que resultaban sospechosos, ¿me entienden?

por supuesto comprobar cualquiera de esas historias es difícil, yo conocí Bogotá cuando recién cumplí los 18 y decidí que me iría para siempre de Colombia sin saber que Colombias hay en todo lado, empezando por los ojos de los hombres de mierda que uno se puede encontrar, entonces con mis 18 pasé por Bogotá pensando en esas chicas, en sus ausencias, en la manera en que podían vibrar en la piel destruida pero casi eterna de la ciudad de Bogotá

antes de mi huida se produjo un evento importante para el caso, pues, como “venganza”, el alcalde fue asesinado, no sin que esto produjera la subsecuente misa y la subsecuente reformulación de la imagen del alcalde, convertido pues en una especie de mártir de la lucha contra la prostitución

Gauge me pregunta que si la chica que mandó a matar al alcalde fue una de las prostitutas y yo le digo que a lo mejor no, que no se sabe quién lo mandó a matar, que a lo mejor y ni fue una de las víctimas, que la muerte no responde a nombres propios

y ella me miró y me preguntó, con asombro (lo puedo jurar) “¿Ah, no?”

sólo le respondí que quien haya sido probablemente ya haya muerto también

“ni idea de dónde salió el cuento de que había sido asesinado por venganza”, rematé

el cuerpo sólo apareció ahí, de la nada, como si a la desaparición de la figura del alcalde le correspondiera a alguien rellenar ese hueco con un chisme… como si eso diera tranquilidad (aunque a veces sí que la da, y Gauge me dice “¡vaya si a veces sí da tranquilidad!”)

dinero que viene y que va, efectivamente (le contaba)

nada del otro mundo

nada de nada del otro mundo, pensaba yo en español sintiendo que no tenía ni puta idea de qué es que estaba hablando a pesar de la seriedad del asunto, de la anécdota, de la disposición del cuerpo de Gauge y su olor tenue a vapor

la verdad es esa: uno no tiene ni puta idea del horror, pero hay que fingir que sí, porque de horror en horror uno algo se entera, querido, alguito, y sumercé no puede dolerse más o menos, simplemente es una certeza y la certeza vale lo que un chisme bien contado, ¿no?, eso decía mi abuela: “mijo, la certeza vale lo que un chisme bien contado”, ¿o era “la verdad vale…”?, no sé, ¿no le digo que no sé?

I don’t know, darling, le decía a Gauge, rojiza y perturbada por las redes tejidas de un momento a otro por una simple charla entre dos actores porno que sabían un poquito de menos sobre algunas cosas ejemplares

entonces ella decía que tenía la sensación, en esos momentos que antes mencionaba, de ser el ejemplo de una idea ajena pero oscuramente cercana: era esa distancia (o esa cercanía, pues) la que la hacía sentirse en una complicidad densa y triste con todos los que “no superaban su horizonte de eventos” (she said), momento en el cual ella también sentía que era una invasora involuntaria, una espía, una niña espía, a veces, incluso… también… todo eso… dispuesta al horror o a la salvación

(Gauge a veces hablaba de la salvación, sobre todo cuando cantaba canciones tristes, borracha y triste, pensando en Elizabeth)

“no tienes que pedir perdón por lo que eres, a veces no somos tan importantes, amiga”, le decía yo para calmar su llanto y su pepita roja de ego

es que es como si todos aquellos paraproductores que te digo (le cambiaba abruptamente el tema) no pudieran evitar ser invadidos y, más allá de alguna satisfacción alegre, eso parece traer a sus cuerpos una especie de culpa, de amargura, de vergüenza perversa de la que se duelen y gozan, los nervios floriados, wide open, etc., los nervios…

“hey, bae”, me decía Gauge, “sometimes this shit is a little bit complicated, yu know?”, y siento que te hablo de cosas muy muy normales, pero que suenan a un desastre buscado, Gauge, como si realmente todo fuera una especie de cliché del que no es posible salir, como no es posible salir de la ignorancia o ingresar en la total certeza, en la verdad, en los nervios totales del que me ve ahora escribir (¿quién me ve ahora escribir?) esta carta para ti, Gauge, querida, en donde sea que reposes; no es posible invadir por completo, no es posible abandonarse por completo, no es posible, no es posible, lo he intentado y no es posible… pero…

“hell yes”, sólo podía responderte, tierna y sensible y obsesiva Gauge de voz teatral y dolor de pegamento regado en medio de un bosque (“¿a qué huelen las hortensias del fin del mundo?”, eso decía la última canción que escribiste, y ahora es el último tatuaje que me haré)

no es como si estuviéramos en una caverna, ni en el fin del mundo, tampoco es como si permaneciéramos por siempre en el filo de un estudio porno, sino en una sala de revelado y ella (Gauge) me contaba cómo su papá había sido fotógrafo de esos “familiares”, de 11 dólares un cuadro familiar, ¿o era a 10 dólares? No sé

etc.