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cuando hablan de la Era Dorada del Porno (por allá entre 1969 y 1984, finalizada por la “privatización” provocada por la videocasete y luego el DVD) [1], me rasca un poco el cuello, con incomodidad

algo me da alergia

lo mismo sucede cuando dicen “el Siglo de Oro español”

pero bueno: veamos… el mejor trabajo de estudio en nuestro idioma (y aún conseguible) sobre este periodo es, sin duda el trabajo de R. Gubern, La imagen pornográfica. La edición que revisé, del 2005, cuenta con varios anexos o post scriptum a la primera edición publicada en 1989

aquí algunos apuntes sobre la obra de Gubern:

* la distinción entre soft-core y el hard-core son insuficientes como eje fundamental de estudio. Sin embargo, si lo usamos ex professo, podríamos incluir gran parte de publicidad y de imágenes de fondo publicitarias (como las que consumimos en Instagram) en esta primera categoría. Esto, por supuesto, a ojo de los más puristas es un descache, pues en efecto la publicidad no desea mover al o la lectora hacia el cuerpo, es decir hacia la satisfacción de un estímulo plenamente sexual, sino al consumo o al deseo de consumo de una mercancía en específico.

Se trata de las utopías sexuales que producen las marcas. Sin embargo, estamos habituados ya a la mirada pornográfica del conquistador, y no resulta difícil entrever la posibilidad de consumir la pornografía en la publicidad, si el salto entre deseo de consumo y deseo sexual, ahora en el capitalismo, están apenas separados por una membrana sedosa y húmeda, agradable al tacto. Y, por otro lado, el hard-core que menciona Gubern sería lo que todos entendemos como porno “común”. El mainstream caracterizado principalmente por ser un producto heteronormativo. Incluso creo que somos testigos de una especie de superposición de dos planos de las mercancías pornográficas: la que funciona aún como un producto de un sujeto-moderno, y otro cuyas características y protocolos de producción están determinados por la aparición de algoritmos en manos de ciertas corporaciones. El análisis de datos y la producción de contenido audiovisual a lo Netflix, que “encarga series según la parametrización de los datos surgidos de la navegación y consumo de los datos” [2]. En la primera camada tenemos la figura de Autor axiológico. Incluso aquellos y aquellas productoras (“independientes” o no) que se aprovechan de las modas para realizar los videos porno del momento en PornHub (como el porno con tapabocas durante la pandemia del Covid-19), son autores de este tipo, aunque débilmente axiológicos.

Precisamente en la Era Dorada del porno es cuando aparecen estas figuras autoriales y se configura un lenguaje cinematográfico reconocible para este porno que expresa icos (que R. Gubern describe muy bien en su libro). O incluso la idea fundamental para este momento de la mercancía pornográfica: el cine pornográfico muestra lo que el cine convencional elude. De ahí el aspecto contra-metafórico (Gubern dice “antimetafórico”) de las películas porno más usuales, al mismo tiempo que su hiperrealismo clínico. Por supuesto, el cine ya no tiene miedo a mostrar el sexo, aunque aún exista un público que se escandaliza bastante por esto.

 

[1] De repente, la fría materialidad del film porno, su azulado cuerpo producido para un cuerpo social distinguible y atemorizado (por estigmatizado), comenzó a cobrar una vida extraña, como si estuviera “poseído por el carisma y los afectos”, como si fuera capaz de alucinar. La privatización de las imágenes sexuales tiene que ver con la circulación de éstas en los flujos más o menos codificados de las corporaciones que administrar la data a través de algoritmos cada vez más eficaces e invasivos, cada vez más aparentemente autónomos. Por ejemplo, se siente que MindGeek (conglomerado al que pertenece Brazzers, PornHub, etc.) se presenta como distribuidora y a la vez como productora. Pero no existe distribuidor pasivo. Internet es prueba de ello. Siguiendo la idea de que las imágenes mismas son material y medio de producción, ¿podemos pensar medios eficaces de distribución o, más importante aún, de mera circulación? Por eso se me ocurría hace unos días que la ciudad misma es una máquina que produce imágenes de nosotros. Que nuestra existencia se basa en nuestros movimientos, en dejar nuestra “baba” por todo lo tocado, en todo lo que interactúa con una. Incluso en estas ciudades que, entre ruinas y escombros, madrigueras y escondites para paracos y ejércitos proxy de los fósiles, nos escurrimos con la misma sensación de querer amar, de querer escupir, de quizá ser un poco un árbol o una pequeña flor que el tiempo trata como a máscaras de papel maché. Nunca el post-apocalipsis me había parecido menos real. No porque esto no sea un naufragio, sino porque siempre vivimos náufragas.

¿Qué son los memes, entonces, si no el ejemplo más cercano de esta dualidad de las imágenes y, en definitiva, del lenguaje, como medio de producción y material? ¿Qué son los edificios e iglesias derrumbados o reutilizados, sino la prueba de que ahora todo lo memificamos?

Pienso en ese sujeto que le gustaba mucho aparecer en televisión y siempre buscaba dónde recurrentemente iban los noticieros a grabar para aparecer por ahí caminando, o viendo a la cámara de ladito. Incluso una vez me dijo que planeaba secretamente provocar un accidente en alguna avenida para luego pararse al lado de un poste o un semáforo, presenciar el escándalo hasta que llegara el noticiero. Así él aparecería en el fondo, sin conceder ninguna entrevista, siempre en un segundo plano, aunque a su modo siempre protagonista, seudo-Joker, pequeño agente del caos.

Pienso en cuando estaba niña y una noche encontré a mi abuela moribunda viendo una película porno en tv, de esas de porno más o menos blando. Dos chicas sobaban, entre gemidos ruidosos y maravillosos, sus vaginas. Mi abuela miraba en silencio y yo sólo pude mirar la escena unos pocos segundos. Me senté en el piso, recostada contra la pared, escuchando el ruido de la película porno, aguantando un poco más las ganas de orinar que me habían sacado de mi pieza y me habían hecho encontrarme la escena.

[2] El amor por la literatura en tiempos de algoritmos, Hernán Vanoli (Siglo XXI).

[3] Truffaut llegó a decir que las películas eróticas «constituyen una expiación o por lo menos una deuda que pagamos a sesenta años de mentiras cinematográficas acerca de las cosas del amor».