M. está con Ana y hablan de Martín. Algo las escucha: voces como seseos y de repente voces como campanas. Tiran piedras al arroyo mientras comentan que Martín está cada vez más retraído y obsesionado con sus notas, con las pelis que saca, las escaletas que esboza (y que parecen poemas), con el fanzincito de Videodrome. Una vez M. lo miró grabar dos pájaros peleando. Otra vez Ana escuchó que Martín quería pagarle a un motorratón para que hiciera una road-porn-movie o algo así (aunque sería una road movie idiota dentro de una ciudad). Ana dice eso justo mientras ambas ven que dos piedras que lanzaron al mismo tiempo se golpean entre sí, se repelen simétricamente sobre el agua temblorosa proyectando dos parejas proyectiles-piedra que se encuentran sobre la filigrana casi-invisible de la corriente superficial del arroyo.
