
No se trata sólo de la violenta apropiación de discursos pornográficos, sino también de algo así como la restauración y destrucción de ciertos signos alrededor del deseo en el porno. Imagina tener algo así como una cueva del porno, y ser, de repente, interpelado por un sol negro que entra a tu cueva, llenándote de horror. Algo así como tu propia catedral barroca del porno. Iconofilia.
Algo como la continua relación entre cueva y posters encima de las grandes edificaciones y algo así como la pornografía que parece propia, pero no lo es. Cada signo ha sido tratado para comprobar su propia ineficacia como realidad práctica, es decir: es horrible darse cuenta de que se es esclavo. Pero lo que pasa es que dando unos pasos atrás, atemorizados, el sol negro no es un sujeto solamente, lo intuimos. Retrocedemos dejando atrás poco a poco ciertos reflejos, las fogatas, los espejos, entrando en esa espesa diferencia que abre la propia cueva llegamos poco a poco, po co a po co, a otras cuevas, al contacto con la raza de hombres que viven en las cuevas, algunas altas como torres, otras subacuáticas, cuevas que chorrean agua, cuevas donde la luz es azulosa y sabe a moho, terrible promesa de otra raza de humanos subacuáticos que duermen en increíbles colchones “orgánicos” y lujosos, que nos llenan de horror y miedo
