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El video muestra un cuerpo femenino vendado (aunque sería más apropiado decir parchado) parcialmente con algún tipo de plástico quirúrgico. Orina sobre la tierra. El paisaje ondula. La cinta está grabada en blanco y negro, pero el tono es verdoso, como si la luz permitiera el surgimiento progresivo de un bichito tipo moho que se alimenta de ella, creciendo, extendiéndose sobre los cuerpos como, en efecto, algún moho o liquen se posiciona vibrante sobre algunas piedras o maderas húmedas. Esto implica que algo que no es luz, pero es prima de la luz, llueve sobre las imágenes. El rostro de la persona no se ve. Martín mira a Ana mirar la pantalla silenciosa y ella pregunta en voz baja qué tipo de música cree él que habría tenido originalmente la cinta. Hay unos aros blancos hechos sobre la tierra fangosa. Parece que es una tierra cercana a un río, piensa Ana. Algunos cortes aberrantes suceden de vez en cuando en la cinta, cambiando a escenas en la que la figura, ahora envuelta en mucha más cantidad de material (ahora de un papel translúcido), reposa de pie en una fosa triangular llena de aguas turbias. El cuerpo se hunde. Ana intuye la sensación íntima de asistir a un ritual oscuro. Las imágenes parecen, de repente, tornarse de un color terracota, dejando atrás el verde moho que parasitaba la luz y, con ello, la formación de las imágenes en el espectro visual de las dos espectadoras. Martín se siente incómodo. ¿Qué tiene que ver esto con la pornografía? ¿Basta que la desnudez denote un campo de producción de deseo, que se cumpla el ritual mágico del sexo enunciado? Ana está concentrada y parece tranquila. Algo que parecen placentas aparecen ahora amarradas al cuerpo protagonista que continúa sus movimientos de ensamblaje: desarma sus vendajes de plástico translúcido para acoplar estas materias carnosas que no parecen muy diferentes, en cuanto a su color y consistencia, al agua de donde las saca las manos vendadas de la protagonista. Está grabada con alguna video cámara análoga, quizá alguna de las famosas BMC, piensa Martín como buscando algo de dónde agarrarse o como huyendo. La tierra tiembla en el video. La chica, que sigue desenrollando el plástico transparente mira (sin mirar, porque no se ven claramente sus ojos, pero sí su rostro fijo frente a la cámara) a Martín que siente arder, de repente, pequeños puntos de su nariz mientras una de las voces le dice: piroba esa Ana que te pone a ver chimbadas, y otra responde: no se ha cumplido la hora de ocultar el ojo. El cielo, detrás del paisaje, seguro sería de un azul similar al visto desde la finca de Antonia, piensa Ana, un azul que contrasta gravemente con el rostro casi despejado de la protagonista que tiembla y vomita mientras las nubes parecen a punto de ponerse a temblar y vomitar con ella sobre los árboles.