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Todo el dinero que gano haciendo alguna que otra película pornográfica no lo gasto directamente. Desde hace mucho tiempo decidí que tendría una tienda de computadores y televisores, como siempre lo quiso mi madre. Realmente era mi madrastra, como sabes. Entonces, cuando aún vivía en Ohio comencé mis ahorros para irme a vivir a L. A. y montar mi tiendita. Pero, luego del asesinato de Eliza y las amenazas, no tuve más opción que salir con lo poco que tuve. Trabajé varios meses de mesera y luego de asistente en una farmacia y luego ahí conocí a una odontóloga que me contrató varios meses como secretaria hasta que ella perdió todo jugando en casinos y entonces volví a ser mesera, pero esta vez trabajaba más jornadas, y una noche unas chicas entraron al restaurante y fueron muy amables conmigo. Eran strippers y me invitaron a que las viera. El lugar se llamaba Holograms; muy sci-fi, ¿no te parece? Pero era un sitio agradable porque rara vez se presentaban problemas y el dueño (un chicano albino llamado Dennis) nunca estaba, lo que dejaba a Roset, la más veterana, a cargo. Ella era amable y justa. Pero casi no me contrata; no porque no tuviera “cualidades”, sino porque realmente no tenía más espacio. Por suerte, una chica llamada Felicia, que creo que era italiana… o brasileña… no sé… se fue a vivir a N. Y. No sé cómo le habrá ido, pero gracias a ella yo pude entrar a ser stripper. Fue ahí cuando comencé a ganar dinero más rápido. Vivía cerca de Santa Mónica Boulevard. Pude ahorrar lo suficiente para invertir, junto a Gianni (a quien también conocí en Holograms) y a Rodri, su ex, en nuestro primer negocio. No sé si tenga que aclararlo, pero cuando trabajé como stripper, nunca me ofrecieron pagarme por sexo. No sé por qué, pues era muy usual que esto pasara. El caso es que un señor alemán que se llamaba Janger, o alguna cosa así, se devolvía a su Múnich del alma y quería vender su pequeño local de electrodomésticos. También vendía televisores, pero no computadores. Entonces hicimos un contrato de leasing. Y Gianni, Rodri y yo alquilamos su local mientras Janger se instalaba de nuevo en su país. Luego de un año, en que nos fue modestamente bien, decidimos comprar definitivamente el local. La tienda se llamaba J’s Electric Store, pero cuando hicimos el pago, y el contrato que certificaba el cambio de dueños estaba en nuestras manos, cambiamos su nombre y su imagen a The Electric Shore. Decidimos seguir vendiendo electrodomésticos, pero agregamos un catálogo de computadores, sobre todo de computadores portátiles. Para ese momento yo acababa de grabar mi primera película porno: Final Cunt Down, que dirigió Mani Rivera, un chico raro que amaba el glam. El pago por participar en la peli se fue por completo para pagar un pedido de notebooks Toshiba. Fue nuestra primera gran inversión, y fue un éxito. Desde entonces todo el dinero que hago en el porno, que no es tanto como la gente se imagina, se va todo a la tienda. Yo compro mi comida, mi ropa, pago mis servicios y mi arrendo, todo, con el dinero de la tienda que sigo manejando con mis amigos.