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nota sobre mi visita a Las Lajas

es curioso cómo la gente puede armar un edificio tan increíble como este alrededor de una imagen… la edificación ya tiene más de 100 años… si contamos la primera capilla, construida en el siglo XVIII, Las Lajas tiene más o menos 400 años… 400 años y pico de tenaz interés por salvaguardar una imagen “santa” (quizá debería escribirlo sin comillas, pero bueno) que, para hacer más amargo el chiste, ya no está

y me pregunto en qué pequeño nudito en medio del paisaje existirá una casucha que tenga la imagen de la virgen o, al menos, algunos de sus partecitas santas, como fragmentos de una perla que llena de poder a quien la porta, y me pregunto si alguien estará en la búsqueda de esos fragmentos, con el ansia absurda de querer reformular la imagen de la virgen, recomponer un cuerpo caído

luego de muchos años de peregrinación y reunión espiritual y turística, el Santuario se convirtió en una gran cárcel después de las últimas confrontaciones transfronterizas hace más de 60 años

en el interior se escondía una pequeña habitación cural, ahora convertida en celda. Ésta estaba forrada, de cientos de recortes muy viejos y extrañamente no-humedecidos de revistas porno. Había escenas de todo tipo, no sólo el clásico porno hetero. Incluso, lo que más había eran escenas de penetraciones anales entre hombres, besos negros entre hombres, nudes variopintas, reverse-cowboys y pene-contra-pene. Algunxs viajeros recolectaron imágenes de la celda, sorprendidxs de ver ese paisaje pornográfico

cuando llegué, quedé igualmente sorprendida. No esperaba, por un lado, que la habitación fuera más amplia de lo que la palabra “celda” te lleva a imaginar y, por otro lado, que de verdad no hubiera espacio en las paredes o el techo sin cubrir a excepción de una pequeñita ventana de un vidrio grueso y opaco, rematada desde afuera con unas rejas de vivos ornamentos metálicos bastante grandes en relación al tamaño de la ventana

luego de varias horas en el sitio, resguardándome de la fría llovizna que me esperaba afuera y que seguiría marcando el ritmo de mi huida, comencé a sentir que este espacio ya lo había visitado, comencé a sentir cierta familiaridad, brillito de luciérnaga bordeando el río. Había unas gotas de rocío al lado de la ventana, de la única ventana. Comencé a pensar en Ana, comencé a pensar en lo mucho que le intrigaría este sitio. Pensé —como sin quererlo, como si mis imágenes se deslizaran desde la proyección pre-imaginaria del cuerpo de Ana, desde un estado de imagen-casi-sin-forma hacia unas composiciones específicas— en ella y yo performando varias de las escenas que me rodeaban, pero no simplemente nuestros cuerpos en reemplazo de los cuerpos de las imágenes, sino fusionados: de repente negras-negros-vaqueros, de repente con un delicado y pálido cuerpo sin senos siendo penetrado analmente por un rabioso fantasma de la guerra, o también nuestra polimerización radical en un meollo gangbangnesco de cuerpos bajo una luz de estudio tan potente que daba vida propia a la humedad (sudor, babas, fluidos) de aquel paisaje sexual, cuerpos enredadísimos, montañas que se derrumban unas sobre otras hidrofóbicas y tenaces. Extrañaba mucho a Ana, claro

pensé inmediatamente en la niebla que nos rodeaba la madrugada en que nos despedimos. Recordé también que, saliendo de su apartamento, vimos a un grupo de niñas y niños mirando un viejo celular en una bodega abandonada. Lo que Ana llamaba, creo, el IClub. Una niña estaba un poco atrás, con su vista fijada en la pantalla. A comparación de lxs demás, ella no parecía muy interesada en lo que miraba. En un momento cerró los ojos. Ana me dijo: “soy yo”, y se rio. Ana me dijo luego, ya mientras caminábamos, que nunca había visto a esa niña ahí, que varias veces había espiado con curiosidad al grupo, pero que nunca había visto aquella niña. La niña tenía el pelo de un tono miel extraño. Quizá se veía así por la luz lechosa del celular. Parecía que veían algo de secuencias largas e iluminadas, dijo Ana. La niña tenía unos ojos tristes, me parece. Cuando cerró sus párpados agachó un poco la cabeza, ensombreciendo mucho la mirada, ocultando sus ojos. Un par de segundos alzó la cabeza, que fue golpeada de frente por la luz lechosa del cel.; tenía los ojos cerrados. Ana y yo divagamos mucho pensando qué podían estar viendo. Reconocimos nuestro total fracaso y frustración ante la sola posibilidad de que pudiera existir un programa infantil con secuencias largas y lechosas, de ritmo lento y sin bulla, y que nosotras no lo hubiéramos visto nunca. Otra tarea casi imposible de arqueología. Una especie de pesadilla medio inocente y sin muchas consecuencias

la niebla estaba lenta y lechosa y clara como las manos de Ana

recordé también que esas manos, frías, lechosas y lentas y claras en Ana, ya las había experimetado: una tarde en su apartamento mientras llovía y ella estaba leyendo y escribiendo. Yo comía un cereal muy dulce que traía el convoy de la gobernanza —vaya una a saber por qué— sólo a finales de año. De repente ella leyó algo que hablaba de dragones apareándose entre riscos fríos andinos, pequeñas gotas de baba de lava chorreando entre los cuerpos de los dragones. Lo que leía se explayaba con mucho detalle y gusto en la forma en que los dragones tenían sexo o se apareaban hasta que, de un momento a otro, el tono cambiaba, se tornaba “frío” y regulado. El discurso se tornaba explicativo y como científico. Las manos de Ana sostenían la tableta con rigor. Yo casi podía mirar el agitar rítmico, mínimo e insistente, de sus venas en sus dedos, en las muñecas, azulándose. Explicaba que los dragones inicialmente necesitan tener sexo entre machos. Esto lo recuerdo con más o menos detalle, porque fue extraño y fantástico

el texto presuponía que los dragones eran una raza muy sofisticada en cuanto a organización social y, por supuesto, a funciones sexuales dentro de los grupos de supervivencia de su especie. Para poder reproducirse elegían a un dragón macho. Este dragón, que el texto llamaba “dragón-probeta”, era acicalado por varios machos dragones en edad ya de fertilizar una hembra. Luego, los que el dragón-probeta elegía se apareaban con él. El asunto es que realmente no se apareaban, sino que tenía sexo para recolectar en él el semen de los dragones (de ahí su nombre). El dragón probeta era penetrado no por el ano, como podría pensarse (de esta forma lo decía el texto, lo recuerdo muy bien), sino por un orificio cerca al ano que, además de esta función reproductiva, tenía la función de expulsar los restos de la piedra fundida por sus órganos del sistema ígneo en el pecho y garganta. Algunos investigadores afirman que este orificio, llamado popularmente “cloaca”, tiene terminaciones nerviosas del mismo modo que el ano, lo que hace que el “contacto sexual” sea disfrutable para el dragón-probeta. La razón de por qué hacen esto parece ser la poca cantidad de semen que un dragón macho es capaz de producir y expulsar, lo que llevó a la especie a construir este sistema de recolección, para así aumentar considerablemente las posibilidades de alcanzar la reproducción. Otros estudiosos afirman que en la piedra que comen para fundir su “fuego”, o baba ígnea, son capaces de sobrevivir unos microorganismos llamados popularmente “pulgas de lava” que se encargan de nutrir el resistente caldo seminal que en el dragón-probeta se almacena. Lo que sucede con el caldo dentro de los dragones-probeta es “hasta hoy” un misterio para nosotras, tan mamíferas. Algunas dicen que el semen se “destilaba”, pues esto permitía subir a los espermatozoides (hiper-resistentes, sí, a las altas temperaturas C.C. 1’061.768.094 de Popayándel interior del dragón) a su glándula de salivado, donde podrían luego seguir su ceremonia de reproducción

muchas veces escupí en los dedos de Ana, que se empalidecían cuando estaba emocionada o excitada

el dragón-probeta no sólo era un contenedor del “sustrato”, sino que también cortejaba a las hembras (proporcionalmente menores en la población de la especie, por algún extraño motivo genético que no se dieron el gusto de explicar, supongo). Luego de elegir al menos un par de dragonas, el dragón-probeta comenzaba a escupir y lamer una baba blancuzca y caliente (o tibia, según quién o qué la toque) sobre su pene

luego sus manos se deslizaban entre su vagina y la mía, entre su boca y la mía, entre nuestras piernas, tentáculos de un cuerpo que se transformaba en una masa cálida bajo el sol de piedra de nuestro mundo. Yo tenía, en algún lado, una foto de sus manos bañadas en babas, y la perdí…

esta baba contenía el semen. El dragón-probeta, ahora llamado dragón-punta-de-lanza, volaba con una dragona a la vez. Rara era la ocasión en que el vuelo incluía más de dos animales. En las alturas, su violento contacto “amoroso” (así decía, lo recuerdo), el abrazo, los rasguños, torbellinos de masas precipitándose como un ángel carnoso de cuatro alas y docenas de ojos…

la descripción volvía a ponerse literaria: se describía un paisaje escarpado y neblinoso, incluso se dibujaban algunas campesinas misteriosas recorriendo esos parajes a pies pelados. En los bordes de los cañones, con un río espumoso y violento en el fondo, los dragones reposaban un rato. El macho, visiblemente más agotado (pues son, físicamente, más débiles que las hembras), tiembla y escupe por última vez en su miembro para incorporarse con las alas firmes y proseguir el vuelo conjunto. Esto se repite una vez con cada hembra. Algunas veces la hembra quema, en eructos ígneos, al macho, debilitándolo aún más, tanto que es posible que en el proceso algunos de éstos mueran y caigan con sequedad hacia los bordes del precipicio y, de ahí, al río

Ana leía sin detenerse ni equivocarse en absoluto (como si lo tuviera muy muy ensayado), mientras sus manos comenzaban a resplandecer y soltar un tenue olor aceitoso, hasta que llegó al remate del texto, la parte más rara, donde volvió el tono impersonal, descriptivo por momentos, “científico” por otros, modulando sorpresivamente de vez en cuando a una primera persona misteriosa y vaporosa

el texto era demasiado extraño, pues parecía no sólo un intento tenaz (y quizá risible) por acceder a una zona de credibilidad mínima, sino también un esfuerzo enorme por “hacer un poema”. Me conmovió muchísimo, la verdad. Muy raro. Ahora trataré de reconstruir lo que recuerdo, de la mejor manera. Creo que el texto original era mucho más hermoso y, por mucho, no es nada en comparación a este intento pobre de reproducción:

Yo, entonces, vi algunas dragonas parir pequeños reptiles alados de ojos de ónix como el cabello de un desierto extendido sobre la noche. En esos parajes fríos de los Andes, reconocí cómo una cárcel era el mapa de un universo violento y cómo ésta había sido erigida gracias al fuego de los dragones: piedras volcánico-gástricas, piedras que vienen de un sueño y se adornan con nuestros miedos. Nuestra participación en aquel universo es ritual y del todo impersonal: somos pasos para la gran aniquilación de las sujetas, de los sujetos. Una ficha en la oscura complementación humana, que no un futuro de supervivencia junto a los dragones y dragonas. Una niña sordomuda, milagrosamente, escucha el rugido de una dragona, comienza a reconocer inmediatamente el sonido del agua que destilan sus montañas, escucha el fuego en el pecho del animal y, también milagrosamente, le dice a su mama que la lleva de la mano: “mamá, el fuego me llama”. Éste será el inicio de un santuario para la muerte del dragón en el corazón de fuego de la dragona, piensa la niña que ya no es sordomuda, pero en cambio se queda ciega al encontrarse el cuerpo monstruoso de dos dragones apareándose, cayendo hechos un aro luminoso de ojos y alas, cayendo hacia el lecho del río violento que se ha comido tantos carneros, tantos becerros, tantas curubas de las manos blancas y frías de la pequeña niña que ahora le grita a su mamá: “mamá, no puedo ver, pero oigo el corazón del fuego”. Yo ahora estoy en el sitio donde la niña escondió sus canciones, las ocultó detrás de la imagen. En la cárcel de su miedo hay una selva de imágenes, una niebla de imágenes, un nombre sin nombre, y luego está el fuego: una mano que no se quema sostiene la voz de fuego, la pulpa de fuego. Este es el santuario.

escribo esto con la intención de comunicar mi sorpresa al relacionar, momento tras momento, este texto con mi situación (mi-sola-situación) aquel día en la cárcel/santuario de Las Lajas, viendo todo ese tapizado en la celda misteriosa

Ana me dijo, al terminar el texto: “esto fue lo último que escribió Gauge, pero no sé si realmente fue lo último ultimito, o si más bien es lo que sobrevivió. Hay alguna gente buscando más textos. Es como un poema místico raro. Lo encontraron en un repositorio móvil en Cochabamba, hace unos meses. Fue Martín el que me lo paso, gracias a la bella H. que pudo conseguir una copia.”

ahora creo que Gauge estuvo en esta cárcel, o al menos conoció de ella, que emprendió un viaje por estas rutas que ahora camino

ese texto es registro de su paso por ella

cuando escampó, salí del Santuario. Aún había una brizna tenue

caminando por el puente, hacia la nueva salida, encontré un perrito negro herido descansando (sobreviviendo) bajo un ángel que tenía en sus brazos un laúd o una guitarra, no sé

recogí el perrito, que no tenía heridas a la vista, y seguí mi camino