Lo que alguna vez leí de Sontag acerca de la imaginación pornográfica comienza a cobrar sentido oscuro (que se expande) cuando conectamos estas películas porno que hemos hecho durante años [1] con el contexto que está ahí, la Realidad cruel, con R mayúscula, lo Real aterrador, no la máscara feliz-nihilista del sistema: nuestras películas no son el fin, la economía sexual que una porno implementa en una sucesión de tiempo son pequeños estallidos, sacrificios en un ritual de anulación de cientxs de sujetxs.
Gianni, querido, no deberíamos jugar si no conocemos bien el juego que nos incluye y se nutre de nosotrxs.
Martín leía asombrado. Creía en la clarividencia de Gauge. Anotó: “de esto se trata: de la anulación”. Sonaba una salsa que decía “mata, que dios perdona”. “Se trata de la total anulación: reiniciar la humanidad es más bien un proceso de complementación y reset”. Gauge, sin embargo, planteaba como posibilidad una vía diferente al apocalíptico (al cíclico, al looper) Martín. Si bien en el misticismo materialista de Gauge hay una anulación del sujeto, la hay en tanto que funciona como un resorte… “Y es este el punto en que ella y Robert parecen ponerse mejor de acuerdo, en una introducción brutal a cierto inhumanismo”. Quizá el sacrificio del sujeto (Martín ahora pensaba en el texto sobre Videodrome, esa película que ahora le resultaba, por razones desconocidas aún, medio insoportable de ver, aunque mentía y decía que era de sus favoritas y afirmaba, cuando era la ocasión, es decir, cuando estaba rodeado de contertulios, que la película de Cronenberg era quizá el mayor hito de la casi-pornografía del siglo XX). Si, en el cerebro, se instalaba un ente parasitario, capaz de intervenir en la experiencia del cuerpo desde adentro, ¿la labor de las imágenes es solamente la de inoculación? La infección pornográfica de Max contra la apertura mística de Gauge… Pero tantas lecturas…
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[1] El tono de Gauge incomodaba a Gianni. Él tenía miedo.
