“todo ángel o rastro de ángel MUERE”, fue lo último que escuchó Martín, las últimas voces coreando una y otra vez este estribillo, sobreponiéndose con creciente violencia. Cayó de rodillas, abandonado a la gravedad: miraba su cuerpo oscurecido frente al espejo de cuerpo entero que había instalado hace unos años en su cuarto. Las voces seguían insistiendo con el estribillo mientras él sudaba quitándose su chaqueta, su camisa, desesperado frente al espejo, con el torso desnudo, con sus tatuajes imposibles de reconocer por la ceguera que avanzaba como una neblina de tiempos infantiles, de excursión en el páramo, neblina de contra-desierto. La luz que entraba por la ventana lo iluminaba. La noche ya se había instalado y afuera la calle estaba húmeda por el aguacero de la tarde. Comenzaba a hacer frío. Martín se rascaba la cara, la cabeza, los oídos, los párpados, las mejillas, los labios, el cuello, cada vez con más desespero. El frío se filtraba como una luz azulada. ¿Cómo puede un cuarto convertirse en un infierno frío y solitario? Estaba solo y demasiado asustado, no podía ni gritar ni pedir ayudar. Sólo quería que todo se callara. Seguía escuchando el estribillo, creía oír entre el coro las voces de sus padres. Comenzó a sentir frío su sudor, y llegaban a su rostro imágenes del páramo, del viaje, un niño asustado con los ojos en la ruta, escuchando a sus papás cantar
I want your money / But your money ain’t right / So I’m packing it in / And our place had cleared out / The bad luck had fallen / And no one came knocking / No one came calling / And when things got real bad / Oh, people got scared / Well I got worried / So we took what we could get / And all you fair-weather watchers / Wacht out and beware / When your trouble comes knocking / I hope you ain’t there / With a sword in a bag in my trunk / I keep my eyes and my mind on the road…
Luego el paisaje extraterrestre del páramo sobreponiéndose al canto de los padres desaparecía, alejándose en una camioneta. En otra camioneta se acercaba de nuevo el estribillo, el fuerte avance de las voces. La alucinación se intensificaba mientras Martín temblaba sin controlar sus manos, sus uñas cada vez más filosas, la baba y las lágrimas que expulsaba su rostro, el vientre contrayéndose y aflojándose como maldito. Ve los bosques violetas del páramo, el agua muy clara, sin sabor. Las voces intensificándose, haciéndose cada vez más delgadas, como violines lentos y pesados, ya no como voces. Martín, arrodillado, mete sus dedos entre sus ojos y sus huesos, y con un impulso violento y un gemido se arranca los ojos. Dejó de escuchar las voces, su rostro ardía. En su cabeza estaba un niño Martín arrodillado bajo la lluvia del páramo, con dos agujeros negros en su rostro.
