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Los sueños quedarán en nosotrxs, querido. La sensación de estarse viendo en la calle es una cosa que aplanamos con estupidez, pero la sensación, el propio, el mero deseo de querer, de realmente querer ver el cuerpo onírico de otra persona es algo que no me deja en paz. Pongamos por caso a los voyeristas…

La habitación estaba pintada de un azul que de noche se oscurecía muchísimo y de día resplandecía con vida propia.

…Una cosa es querer ver, ¿sí? Pero otra cosa es querer poseer. ¿Y qué desea el o la voyerista? ¿Cuál es realmente su ánimo?

Esa noche es un espacio ondulatorio (fotones que vibran) en la que Ana se suspende. Las ventanas están un poco más aguadas. El chico la mira atentamente. La escucha. Ella parece hablar para alguien que no es ella, pero está dentro de ella. Su cabello corto y ondulado es alterado mínimamente por la noche. Con una debida atención (al menos en términos hipotéticos), podría verse cómo cada cabello, cada pequeño y delgado y negro cabello refleja la luz un poquitico contra las paredes azules. A lo lejos un perro ladra desde El Reino, que es un edificio colonial abandonado por gente, pero teto de perros y quizá algunos felinos y ratas. Ana le llamó El Reino por nostalgia (¿de qué?) por un sentido lúdico-práctico de las vueltas. El chico está un poco nervioso.

¿Realmente el voyerista puede pensarse como algo más que una absurda imagen de Dios? Porque, ¿sabes?, a mí me gusta mucho ver lo que mi cuerpo (o su cercanía) causa en el cuerpo de las demás… Perdón. Mejor cambiemos de tema; no sé por qué estoy hablando de estas cosas.

Un perro que ladra en El Reino se convierte fácilmente en 15, 20, 40 perros que ladran en El Reino. Lo que, por otro lado, no deja de producir la imagen/sensación de que esos ladridos acumulados son realmente el único ladrido de un perro embajador/embajadora.

Me ponen muy nervioso los ladridos de los perros, desde que soy muy niño.

¿Por qué?

Me atacaron varios cuando vivía en una de las guarderías al norte de Santander. Me dejaron así la cara. Y el pecho. Y… bueno…

Entiendo. Ya merman los ladridos. ¿Oís?

El cuerpo canino del Reino se apagaba como un foco que se debilita lentamente.

Ladran así por la luna. Hoy la noche está bieeen particular.

El chico mira a Ana como un perro herido. Pero parece que él no sabe, que la enternece. Está sentado en un sillón amarillo mostaza que, además, huele a mostaza. Deben gustarle muchísimo las cosas con mostaza. Atrás del chico está la ventana grande que da hacia la Calle Tercera. La ventana está velada por un tejido claro que Ana había hecho con un amigo. Era croché. Su textura por momentos era ruda, pero no insoportable. Tenía pequeñas partecitas de bordado que unían círculos de la trama, como cadenas, que eran demasiado suaves al tacto. Ana de vez en cuando acercaba sutilmente sus labios y los pasaba por la tela. Arriba de la ventana, justo encima de la cabeza del chico, había un amarre de ramas de romero secándose, colgados/expuestos como en una tienda

¿Quieres que te cuente un sueño que tuve?

Está bien.

En el sueño yo estaba en una especie de jardín techado de vidrios, como me imagino los jardines de palacios del mil novecientos… con estructuras metálicas sosteniendo vitrales de colores. Los colores eran azulados, toda una gama de tonos fríos y azules que permitía que el golpe de la luz sobre las plantas del jardín fuera muy especial y acuoso, por supuesto. Yo estaba acostada en el centro de este recinto, vestida con una tela clara y muy suave que al moverse desprendía un sutil olor a jengibre y cardamomo. La humedad del ambiente hacía, de algún modo, que esos olores espesaran y anduvieran lentos alrededor de mi cuerpo…

¿Tú sueñas con olores?

Sí, sí, eso parece. Déjame continúo: entonces yo reposaba ahí, fresca y bañada por la luz azulada, como si fuera agua… por eso digo bañada… ¿me entiendes?