Intranquilo, Martín trató de mirar nuevamente la vieja película Debbie Does Dallas, del año 1978, que le gustaba tanto ver. Martín creía que esta era la base del horror norteamericano de finales del infame siglo XX. Al ser la única película que tenía en un estado tan casi perfecto, él la leía como uno de los grandes registros del altamente demandado (y luego ofertado) porno industrial underground estadounidense. Nunca le interesó nada más que ver la película, que a veces miraba con atención casi que infantil (si esto es posible), y otras simplemente con cierto desdén e indiferencia, solamente para pensar en otras cosas. A veces se veía pensando en el extraño doblaje que por momentos tenía la película. Sabía que el sonido estaba corrupto, y mezclaba el audio del doblaje al español y el “audio original”. Esta versión en español estaba casi que sin dudas hecha en Chile; lo notaba por el acento con que hablaban los personajes. Esa Bambi Woods (Debbie) rubia y bella, de acento chileno seudo-neutralizado, lo llenaba de melancolía, de una melancolía que no reconocía como propia, que más bien era el residuo altivo o vívido de una melancolía o un afecto pasado y registrado (como condenado a permanecer) en una información sonora a la que se enfrentaba ahora el cuerpo de Martín (quizá esa melancolía no era una piedra sobre su espalda, sino una piedra frente a sus pies sobre la que un flujo de agua negra o violácea y oscura se regaba sin descanso, excesiva y misteriosa). Pero igual se ponía melancólico imaginando a un grupo de hombres y mujeres en el Chile de 1978 doblando una película pornográfica de Estados Unidos. Si se ponía conspiranoide, Martín podía incluso imaginar que la película llegaba como parte del plan militar de control fraguado por el país norteamericano. Lo que le parecía no sólo esperable sino, en el fondo, profundamente mágico y real. Sobre todo, porque muchas de las compañeras de la protagonista hablaban con una clara voz feminizada forzosamente, como si, a falta de actrices de voz (amateurs, en todo caso), le hubiera sido inevitable a los hombres del casting impostar una voz femenina, lo que, si somos honestos, daba la impresión de una voz queer brotando de las figuras femeninas, obreras del sexo fílmico. Y así se vio mientras veía la película, intranquilo, con leves sospechas de estar volviéndose loco a causa de las voces que comenzó a escuchar cuando caminaba por la calle o se quedaba en silencio en medio del baño. La película ya llegaba al final, y Martín había sentido que sólo habían pasado por mucho 10 minutos. El sueño lo invadía, un cansancio parecido al de la tristeza, un cansancio parecido al del cuerpo luego de haber sido apaleado, con los ojos aguados inexplicablemente.
En el sueño veía a una mujer de abundante cabello negro y cuerpo grueso y hermoso, con una blusa negra de cuello tortuga y largas mangas ajustadas a la carne, con un jean azul muy oscuro y uno sucios tenis de tela blanca. Tenía, además, tatuajes que cubrían al menos un 50% de su rostro. La mujer era la última actriz porno del mundo, y cantaba tristemente una canción inentendible. El canto parecía un susurro y el susurro una especie de desecho levemente luminoso de un español invadido por docenas de otros idiomas. De vez en cuando a Martín le parecía escuchar palabras como “soledad”, “vacía”, “woman”, no sé. Martín se sienta a llorar mientras la escucha. Luego, en pequeños saltos apenas perceptibles, el canto se encaminaba al susurro y al dolor. Gauge III, la última actriz porno del mundo, claramente cantaba una melodía triste que era una especie de coro superpuesto y terrible de varios cantos de alborada y triste celebración. En un momento, en el que el canto cesó, Gauge III miró a Martín con sorpresa, como si éste fuera el intruso en su sueño, y no al contrario, y miró al piso, un piso oscurecido, húmedo y verde, una gran pieza sin paredes en la que quizá podría haber, además de sus presencias, una cascada amarga de luz y un piano sobre el que sólo se han tocado baladas y valses. Gauge III se sentó al lado de Martín y puso su mano alargada sobre la pierna del hombre que sollozaba impotente, y comenzó a decir:
Espero que cuando muera no me incineren, pero lo más probable será que lo haga, ¿sabes? Estamos cansadas de jugar con las mismas herramientas abandonadas en esta gran casa del amo muerto. Ya no hay mesas donde comer juntos, viendo la cara de nuestros enemigos. Ya no hay estómago que valga. Tengo heridas las manos y mis cuerdas vocales están a punto de volverse ojos rotos por la mitad. Tú no puedes entender esto muy bien porque nunca cierras los ojos. Tú no lo entenderás, aunque en el futuro los y las niñas canten el blues del loco Martín, que se arrancó los ojos para quedarse sordo, el tonto y loco Martín, que nunca amó a nadie en su casa de cristal, el tonto y loco Martín, que se arrancó los ojos para no oír que estaba solo y sin corazón y sin alma. Pero algo tendremos que llevarnos de este infierno, así sean estas cancioncitas. Esto es un juego en equipo, donde todo es prestado, incluso el lenguaje del cuerpo… Cuando muera, mis cenizas se pondrán en una pequeña urna metálica que brillará como una estrella demasiado vieja, con un pequeño letrero que dirá que fui la última habitante de un barrio cuyo corazón era un motor de agua salada moviéndose de mano en mano, como una hoguera que no quema. Serán puestos junto a mis cenizas todos los juguetes que usé, no sólo los de las películas. Este sueño de moneda de cuero es la prueba de que nuestra transacción no podía darse en otro terreno, en otro espacio que no fuera este, donde no podemos controlar estas variables a las que nos acostumbramos terriblemente: mi peso y el lugar de mi voz, donde soy capaz de cantar con la voz herida de una guerra como cantaron mis ancestras, low idols de la voz privada, cantantes en la trinchera del sexo; la guerra sobre mi cuerpo poco a poco más oscurecido. Quiero que sepas que el porno nunca será un canto a la vida por las vías de la muerte y el horror. Qué… ingenuo fuiste… No lo es, y mi muerte es la prueba de ello. Bosques de la industria pornográfica. Zonas perdidas en las ciudades. ¿Cuántos sátiros estuviste dispuesto a castrar? Siempre supimos que todo estaba muerto, pero que simulaba no estarlo. ¿No te parece que esto es algo así como un pecado? No hablamos mucho en la vida real, pero en estos mundos mágicos, como los sueños, las canciones o las cartas, nuestras voces se despliegan con soltura y a veces con alegría; nuestras imágenes se vuelven oscuras, tanto que una se vuelve ciega y anda por ahí en túneles y conductos, participando de la mínima acción de los murciélagos, silbando un poco para que esta neblina de pesadilla sólo sea un genjutsu o una ilusión sanguínea, un futuro probable que se adelantó y nos invadió. Todas las cosas buscan su senda, pero sólo hallan su vacío, sólo hallarán su vacío, y ésta es la verdad dolorosa del porno, jovencito idiota. La pornografía es a la muerte lo que mi cuerpo es al vacío. Mi deseo y todas mis satisfacciones, el sufrimiento y el ardor, fueron asuntos de demanda y oferta en el gran mercado del mundo, y sólo mi muerte, que desde siempre ha estado conmigo, peinándome para salir del set, secando las lágrimas de mis ojos, limpiando con ternura mi culo en las habitaciones donde amé con vergüenza, victoriosamente… sólo mi muerte ha sido la entrada a bailes vivos, a ritos de acompañamiento, la lucha contra el tedio y la desesperación. La muerte que ha sido la sospecha o la marca o los espías asomándose desde las escenas grabadas y las fotos hechas, la muerte que se ha llevado hasta el abono con que cuidé el jardín de mis amigos, sus últimos suspiros, su explosión de venas y corazones frágiles y tatuados. Pero mi muerte no será posibilidad absoluta, ni siquiera para mí. No soy una mártir de mí misma. Ser mártir es un modo de conquistar la salvación a través de la validación religiosa de la violencia miserable del mundo. A mí conquistar cualquier webonada me parece despreciable. Horror del campo pornográfico, parásitos sin nombre, pequeños bultos, tensiones nerviosas, alteraciones hormonales, aliento tierno de otra boca sobre mis párpados. Nunca supe bien qué juego es este que estábamos jugando desde hace tanto tiempo, al filo de la extinción. Algo como soles animales, algo como flechas flotando. Eso tú lo sabes bien, quizá mejor que muchos cercanos, y por eso no lo aceptas, por eso, pequeño omnívoro del fin de un mundo: no alzas la voz frente a mi imagen y me temes y me amas en secreto. No soy yo la promesa de una diosa en llamas o de un paisaje en llamas, ni siquiera soy una bestia dulce que ronronea debajo de tus pies, no soy el baño secreto de una diosa que tampoco soy. No te atreves a cantar un poco, a dejar que debajo de las imágenes, algo más que su tensión superficial te reorganice el pecho… y del pecho a tu garganta y a tu lengua y quizá a tus ojos pequeños, piedritas que ruedan sin rumbo, maderos de nave que naufragó. El porno no es el paraíso de significantes que tú ansías ver. Lo trataste como el último de los bienes del liberalismo. Y le atinas al centro con total filo de mirada. Pero hasta ahí. No hay paraíso en el porno. Estamos ciegos de verdad y sólo nos estrellamos contra fotones en espera de la gran para-consciencia de sus formas, la gran violencia de la no-vida, tensándolo todo hasta la inevitable fuga del calor de todas las cosas. Acumulamos pequeñas cantidades de energía para sobrevivir. Viene un mundo que ya intuyes en tu soledad, en la vanidad de tu raza y tu nombre; un futuro que ya se estrella contra ti. Oh, el tonto y loco Martín, que sueña mundos nómadas para no amar dos veces a una misma persona, oh, el tonto y loco Martín, ciego por querer ser sordo, ten cuidado del loop grotesco de la guerra, del eterno retorno de la guerra. Es un futuro donde pequeñas astronautas van solas, vagando de un lado al otro de los sistemas estelares, con un pequeño “sol portátil”. La tecnología tendrá su punto de máxima intensidad en la creación de un mínimo motor de calor: pequeñas células almacenadoras que resisten y facilitan la entropía. La tecnología tendrá su punto de máxima intensidad sólo en el filo de la muerte; en la posibilidad de vestir sin masticar; en una pequeña brújula-radar de combustible (corazón de tu nave) que te aproximará a estrellas moribundas; un traje especial para que la densidad monstruosa y divina de estas estrellas no acabe para siempre con el vacío y la elasticidad propias del cuerpo humano. La tecnología acabará en inyeccioncitas metálicas y brillantes que mantendrán a estos animales vivos (a veces tan románticos) andando por los gigantescos huecos cósmicos. Pequeñas estrellas en nuestras manos y naves que susurran su andanza. La muerte del universo siendo visto por un puñado de animales superdotados e hipertrofiados que apenas se tocan, que apenas si hablan, todas calvas, cuyos contactos serán estrictamente para resolver la gran duda de si es posible que este nomadismo intergaláctico sea realmente una vida vivida “de verdad”, y no la cara más aterradora de la tortura. Se susurrarán, frente a cualquier reflejo, la última pregunta: ¿realmente estoy viva? A duras penas tocarán sus partes blandas para llorar sin nostalgia, sin saber el origen del llanto, sin nada muy claro respecto a lo que debe ser un afecto realmente fuera de la pornografía del hambre o la dignidad. “Joven ateniense”, aún no lo entiendes, pero lo sientes, ¿no es verdad? Y por eso lloras, y te enterrarán a ti con tus archivos pornográficos, el último anti-héroe, el pornógrafo contra-melancólico, y yo seré la última defensora de tu pobre vida: diré con la frente en alto que quisiste ver más allá de tu camino, y que usaste para ello tu deseo y la violencia de tus gestos y tus mentiras, y por eso podré perdonarte, pero también tendré que decir que no hubo amor final para ti, ni cárcel de amor, ni amor oscuro, sólo un pequeño hipo de amor, raspadura, amor cartesiano que no mira el cadáver, que ignora el cadáver que supuestamente es su propia biblioteca. Yo, que sí miré el cadáver, que tuve sexo con él, que llegué incluso a amarlo llena de asco, moriré sin una luz final para mí, con mi rostro en sombras como en un baño luego de la jornada laboral. Aunque esto, en el fondo, se agradece. No tengo fuerzas para llorar. El amor no es un concilio, sino una desgarradura lenta y terrible; acto de luz entre tinieblas, desgarradura lenta y terrible. Doy un poco la espalda al foco incesante de luz y me digo que no hubo nunca una luz que revelara aquello de lo que es capaz la más mínima creatividad humana, a pesar de que sólo queríamos un poco de luz que contrastara las sombras de nuestros pobres corazones y revelara sus grumos, sus estrías, sus pequeños pliegues sobre los que las hormigas y el viento paseaban con tranquilidad de finca abandonada. Pasar sobre sus texturas nuestros dedos cansados. Esa luz es la que a todos nos toca. Nadie es tan especial. Importa aquello que de verdad no sos capaz de ser y ya, Martín. El resto es olvido. Yo nunca fui capaz de hacerme cantante o pianista, por ejemplo. Todo aquello quedó suspendido, porque hubo “voces” que me nombraron para este destino, dejándome anudada, convirtiendo mi vida en lo que no debía ser, en la violenta acción de liberarme de ese nudo miserable. No vale la pena que llores. Cuando me liberé, no hubo tiempo para gran cosa. Amor de la muerte triste y rota: esa quizá sea tu salvación, como la mía. Una condena al perdón. No sé si esta sea nuestra verdad, no sé ni siquiera si seas capaz de ser amado. El loco y tonto Martín, que ciego caminaba por las calles del pueblo; el loco y tonto Martín, que llamaba a sus amigos y se dio cuenta de lo solo que se quedaba; loco y tonto y solo y ciego por las calles de la ciudad. ¿Cuál será la victoria insospechada de tu obsesión, dolor y registro de un pretendido eunuco del fin del mundo? Toda victoria es ridícula. Mira entre tus piernas, “jovencito”, aún cuelga tu pene. ¿Tendrás hijos? Yo hubiera llamado a mi hija con un nombre pretencioso y melódico. Muy pocas veces es bello y melancólico fingir que deseas lo que realmente está vedado. En ese momento nada nos mira; acostúmbrate, pues todas están de verdad ciegas, pero en la ceguera y en el vacío vibra la ceguera y el vacío. Ese es el espacio donde no habitamos ni construimos templos que se incendian. En la pulpa vibrante del vacío. En la oscuridad que tiembla. Hacia allá nos dirigimos como nubes.
