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hace unos años tomo fotos a mis amigos, cuando salen de las fiestas, cuando estoy con ellos en la intimidad

ellas se ríen con más sosiego que ellos, y todos juntos protagonizamos los negativos

que se quedan sobre mi mesa, que no pasan de ahí

sólo hago eso con las fotos: las dejo en su negativo: sus pieles

pienso mucho en Mapplethorpe y sufro mucho al saber que estas parodias de mundos al revés las protagonizamos todos

estamos a duras penas ahí al lado, náufragos

a veces mis amigos están solos ante mí y me tiemblan un poco los senos mientras me dicen que tome las fotos, mientras se masturban sin verme a los ojos

y las piernas me sudan

mientras comparten su sexo conmigo, que estoy conectada como un ciborg a mi cámara y la arrastro conmigo para todos lados

a veces también tomo fotos del piso, de las texturas del cemento y de algunos pocos carros que aún pasan

un chico llamado Martín (que conocí hace unas semanas y con quien de vez en cuando me pongo a leer viejos fanzines e impresiones inverosímiles) siempre tiene memorias SD en sus bolsillos: las usa para recargar su celular, mientras graba y graba

hasta que no salí con él una tarde a caminar y a hablar y a fumar un poco (él no fuma), no había caído en cuenta de lo inquietante de esta actitud de estar trasteando consigo un aparatico de registro, comprometiendo a todo aquel que se acerca a una

me preguntó que a qué era lo que más me gustaba tomarle fotos y le dije que a mis amigos y amigas y él no dijo nada, ni siquiera hubo una expresión de inquietud o lástima en sus ojos (que es lo que más suelo ver en los rostros ajenos)

se quedó callado y miró sus pies moverse debajo de él