A continuación, algunos apuntes anónimos sobre un artículo encontrado en las ruinas de algún repositorio académico. El artículo se llama: Warporn Warpunk!, de Matteo Pasquinelli, traducción de un tal José Rengifo Delgado. Las notas fueron también halladas entre los miles de archivos de los mercados transfronterizos de data.
Se trata de una especie de ampliación del campo de batalla [1]. Problema mediático (mass media y política), pero también la transformación de la subjetividad occidental. ¿De qué va Pasquinelli con esta invitación a volvernos, de algún modo, “más fuertes”? ¿No suena muy similar al discurso de Harlan en Videodrome? Una manera de abrazar el ego animal, algo que anotaría Churata con su ánimo deconstructivo, y que apoyaríamos si estamos en una guerra, necesitados de mentes fuertes y libres de morales decadentes. Pero sí estamos en una guerra civil, claro que sí. La violencia se ha convertido en una etiqueta para evaluar todo movimiento e interacción humana. Algo oscuro y pesimista, por supuesto. Algo profundamente devoto de la fuerza liberadora de la transvaloración. Max, en Videodrome, afirma que su canal cumple la función de sublimar las pulsiones violentas de cierto público “perverso”, algo como lo dicho en Sobre Videodrome. Pero entramos a un terreno de fondo psicoanalítico medio fangoso… Aunque hay algo que creo tener más o menos claro: en el sexo mismo, la ficción ya está en funcionamiento (como mencionaba Zizek en un comentario sobre de los juegos en realidad virtual y los fetichistas de tendencias más violentas): “…incluso el sádico brutal que maltrata a una mujer en la vida real la utiliza para representar sus ficciones.” Algo que, además, podemos evidenciar en el cine de Almodóvar, por poner un ejemplo random.
La guerra planetaria se desarrolla también en la producción de imágenes, en la progresiva “autonomía” de éstas (cf. Hito Steyerl). Una suerte de devenir de para-presencia propio de las imágenes en la “guerra civil planetaria”. Ahora, esto contaría las imágenes pornográficas y por supuesto los consumidores maquínicos de este “ruido pornográfico”. El problema sobre el poder está expuesto en la neoliberalización de los nodos productores de imágenes, como aquello que Pasquinelli llama los macro-atractores, pero también en la manera en que esta gran cantidad de imágenes en la Internet son usadas para fabricar realidad luego, una realidad confusa, por momentos totalmente ininteligibles. El problema de la fuerza de atracción de los monopolios tiene, de nuevo, el problema de los cuerpos densos del capital violento y también de la agencia de delegados proxy usados por ¿quiénes? Privatización de los datos, almacenamiento, minería, cosecha de datos. Y esto en un país como Colombia es problema para-económico; es decir: de las partes densas del flujo de capital que produce la violencia como fenómeno paraco (narcotráfico, robo licitario, …, extrativismo ((cuando somos víctimas de un robo/violación licitario/a de las multinacionales))).
Las imágenes entonces, cuando se vuelve estas para-presencias, tienden sus “tentáculos”, se aproximan a los cuerpos y a los territorios; la actividad parasitaria que se desencadena es la de un ojo monstruoso que inmola la carne (cf. Sobre Videodrome o, mejor, Actividad parasitaria, “El ojo”).
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La filosofía como una filigrana-máquina. Un juego de las imágenes hipersegmentizadas de los acontecimientos y las cosas. ¿Qué producción es la de esta máquina de múltiples microdelgadeces? Chorro y caída de lo masivo construido por lo sutil. La luz son lanzas infinitesimales que nos atraviesan. Se produce un ínfimo dolor, infinitesimal. ¿Pasquinelli nos quiere enlistar o nos invita a una reversión batailleana del consumo de la violencia (sea sexual o no) en los medios masivos de comunicación?, ¿o acaso nos apunta como espectadores tenebristas, ansiosos de figuras martirizadas que idolatraremos de maneras más o menos indirectas, fieles hijos de la tradición católica? ¿Esta propuesta sirve para hacernos una idea de lo que pasaría en caso de que la autonomía de las imágenes sobrepase la autonomía humana?, porque ¿es deseable que la gente no siga haciendo porno, que no sigan ejecutándose estas producciones de mercancía a costa de trabajos sexuales precarizados o humillantes? ¿Quedarán, las imágenes, a nuestra disposición, para realizar una pornografía que no incluya más cuerpos humanos y que todo se vuelva digitalizado, animado en espera del Pixar Inc. de la industria pornográfica?
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Y tanta guerra que se hace teatro. Escapes de imágenes que sólo podrían producirse en estos contextos (cf. las filtraciones de Abu Ghraib). Paranoia, porque las imágenes también nos miran, tienen o participan de un inconsciente, de una “red neuronal” que hablará de nosotros… y ¡qué dirá de nosotros!
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Los grandes dispositivos están en manos de la cultura del narcocapital, en definitiva, de la relación terrible entre las máquinas paramilitares y el mercado neoliberal. La relación parasitaria a los flujos multinacionales de moda (música, vestimenta, ídolos, etc.). El problema corresponde entonces a la manera programada y sistemática en que la violencia es usada para poder quitar a los que sufren más del sistema hegemónico. Quiero decir también que no se trata simplemente de volvernos “hipermusculosos” de memoria y conciencia [como piensa Martín, tan apasionado por este ejercicio brutal de choque y transgresión]… sino apropiadamente sensibles… apropiadamente
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De modo que la pregunta sobre cómo podemos relacionarnos con los dispositivos pornográficos es jodidísima. Por un lado, la total desvinculación de los cuerpos de estos dispositivos es imposible. La total desertización o “santificación” del cuerpo humano, o sea la total abdicación del deseo y los dispositivos que lo alimentan o ayudan a configurar es una utopía mística. Considera la independencia ontológica de los estímulos materiales que producen sujetxs, por lo que desertizar equivaldría a purificar, a dejar la esencia “impecable”. Pero esto no quiere decir que el cuerpo, y por tanto el sujeto, no son capaces de atravesar algunas veces este desierto. Esta es la experiencia que provee al menos dos grandes sensaciones fundamentales para entender nuestro devenir en las imágenes pornográficas: el aburrimiento ansioso, la sed nada mística que produce el desierto, o la liberación de la pulsión, la bienaventuranza del cuerpo libre de sexo (recuerdo los cuerpos poshumanos de Las partículas elementales, por poner un ejemplo extremo, o la desconfianza hacia el deseo ((incluso más allá: hacia el sexo)) que se lee muchas veces en Lenin y en la práctica de una revolución devenida burocracia). El fin de ambos caminos (que no pueden ser los únicos, claro, pero sí al menos dos puntos de intensidad que enmarcan un horizonte de posibilidades), es el retorno al Jardín de los Afectos Sexuales. (Me gustaría decir el Jardín Pornográfico sin que haya ningún tipo de prejuicio). Sé que sigo con las imágenes de herencia judeocristiana, y eso es sospechoso, pero bueno. La fuga, mejor, a una complejidad húmeda; la salida de una complejidad seca. Y en estos momentos la transformación en la subjetividad se consolida. Una chica tiene orgasmos cuando sueña con ciertos tipos de luces (su cuerpo terso ha desaparecido su ropa, su piel sólo invita al tacto de modo que su mano es mano dos veces que tocan mientras reconocen que ella misma es posibilidad de piel y placer y luz, hasta que siente que el sueño es su cuerpo entregado a la observación de las luces que rebotan en cerámicas rojas y azules, vivas como la misma luz, atravesando aguas que su cuerpo asimila, con los ojos abiertos, con el pelo flotando, llorando dulcemente del placer con las piernas abiertas y la boca temblorosa); una chica participa de una orgía sobre la que llueve aceite (cámaras donde las piernas sudan a ritmo diferente que los anos y las espaldas y el techo es una gran lengua cercenada que chorrea aceitosamente baba sobre los cuerpos y sus diálogos); un chico es torturado por las imágenes de su amante entregado al cuerpo del bien o del mal (es la tensión absoluta de la distancia que interpone la aceptación pasiva de la propiedad sobre el o la otra; mira un streaming donde su amante tiene relaciones con dos personas amadas por él y él no puede dejar de ver y siente que no puede dejar de sufrir); un chico es penetrado analmente por un largo y brillante collar de perlas hasta quedarse dormido a gusto en los brazos del tabú (esta imagen es totémica; su pene es reluciente como el agua sobre la que la luz solar se posa y vibra como sobre un ano dilatado, su boca se afloja en un gesto de entrega, sueña con colores en las mejillas conocidas y deseadas, soñará que una medusa abraza sus órganos suavemente, causándole gran placer y temblores, casi hasta el punto de llorar). Con esto quiero decir que la separación momentánea (la única realmente posible) de la mayoría de dispositivos pornográficos no es valiosa por sí misma [2]. Como no podría seguir este discurso sin reconocer los procesos de desubjetivación propios de los dispositivos pornográficos más poderosos, los que tienen que ver con las mercancías pornográficas. No simplemente se produce un sujeto libre de producir y consumir imágenes y afectos sexuales, también se trata de la manera en que estas mercancías suman un aplanamiento en las éticas amatorias, afectivas, sexuales. Un cuerpo que se reduce a la estimulación plana y básica del impulso libidinal no es propiamente un sujeto-inmerso-en-una-experiencia-sexual, ni un sujeto determinado a llevar a cabo una práctica gozosa que lo potencie, sino una máquina de liberación de energía sexual, energía sexual que —no sobra decir— realmente no le pertenece. Y esta simplificación de la experiencia sexual de un organismo en una simple maquinaria de agotamiento, tiene unas implicaciones biopolíticas y políticas bien densas [3]. El horror es el cuerpo inerte atravesado por un proceso de desubjetivación. De esto son capaces los dispositivos pornográficos más perversos [4].
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[1] Nota del traductor: terror, estética y coyuntura
En un pequeño artículo titulado “El crítico, en busca de la paz, se da toda la confianza”, Andrés Caicedo escribe que ha sido el terror el que nos ha dado los elementos para una expresión propia del “nuevo mundo” latinoamericano. Para Caicedo, este terror inmanente, organizado además por mecanismos de alienación cada vez más sutiles, constituye la realidad latinoamericana. De modo que las propuestas estéticas que puedan surgir en estos territorios, en estas condiciones políticas, económicas y culturales, estarán marcadas por este terror. Si la gente latinoamericana no es capaz de discernir entre violencia y paz, entre injusticia y justicia, al menos tendrá la compresión de que este terror que nos atraviesa y afecta será la base para la creación. Es decir, el terror es la materia prima del arte latinoamericano.
Así, la traducción (movilización de sentidos, con sus inevitables pérdidas y adiciones) de este pequeño ensayo de Matteo Pasquinelli tiene como objetivo problematizar la idea postulada por A. Caicedo. Quisiera que Warporn Warpunk! se leyera más allá de la coyuntura colombiana, de la inevitable cercanía de la guerra y sus efectos en nosotros. Como problema fundamentalmente estético y artístico, nuestra tarea está en superar el tacto superficial con la violencia y el terror¸ aproximarnos a fondos de sentido menos evidentes. Estos fondos son los que, de alguna manera, son problematizados en la propuesta de Pasquinelli. Por eso, el autor se interesa por la red tejida entre pornografía-guerra-massmedia-cuerpo; red de alta complejidad que necesita ser teorizada, convertida en discusión y, sobre todo, en el campo de una producción crítica de imaginarios que revalúen las hiperfuerzas de los grandes conglomerados y monopolios de la comunicación y la publicidad. Lo que está en juego es el modo en que nuestras subjetividades son codificadas por los medios y el capital, cómo nos enfrentamos a los registros continuos que hacemos de la realidad y, sobre todo, de qué forma usamos todo esto para realizar obras artísticas. ¿Es posible pensar en un terror que no sea esencia de la realidad latinoamericana, es decir, pensar más allá del problema de la identidad latinoamericana a través de la producción artística y teórica? Pero, sobre todo, ¿cómo la propuesta aquí compartida puede servirnos para tratar problemas más localizados sobre la producción de imágenes de, por ejemplo, el paramilitarismo, la represión estatal o la indiferencia general de los ciudadanos colombianos?
[2] ¿Qué tipo de consagración es producida en los brazos de lo múltiple, después de que el cuerpo mismo ha sido profanado y sacado violentamente de su esfera de privacidad sagrada?
¿Qué tipo de hipo místico es esta instantánea separación de los dispositivos pornográficos y qué tipo de resultado tendrá, en el posterior proceso de subjetivación, esta brutal discontinuidad? En este punto se hace fundamental entender que, más que la cualidad, lo importante es la intensidad: la discontinuidad propia de la humectación casi-total instantánea o de la desertización casi-total, o de ambas en un efecto resorte que pone al cuerpo frente a lo indeterminado y, con ello, ante la aparición de algo nuevo, como un satori brutal, siempre inmanente, pero no necesariamente sexual. Creo que esta es una forma de enfrentarse a la pregunta sobre si el deseo puede o no integrarse en procesos de liberación, revolución, subversión o revuelta. Es decir: hacer un giro pragmático.
[3] ¿Qué tan normal es que el fin de la masturbación sea la depresión?, como el meme dicta.
[4] ¿Cuál es la catástrofe para el cuerpo menos dócil ante los dispositivos pornográficos?, ¿el fin del cuerpo en la descomposición sexual, la profanación (casi) total, el orgasmo que lleva a la muerte, la total desaparición del deseo, la aparición de un sistema de estabilización libidinal, la transformación en abono sexual que alimenten o posibiliten la aparición de una materia vibrante de nueva sexualidad no necesariamente orgánica, una simple pero profunda ética sexual materialista? ¿Qué o cuál flujo es ingobernable si no el mismo deseo? Porque no puede el deseo ser reservado para la actividad sexual (cf. Foucault en “Scientia sexualis”; de algún modo también el Monte de goce de Verástegui donde lo sexual aviva/anima el lenguaje mismo: E. Verástegui anotando que su libro era una gramática, etc.). Foucault dice: “el discurso científico formulado sobre el sexo en el siglo XIX estuvo atravesado por credulidades sin tiempo, pero también por cegueras sistemáticas: negación a ver y oír; pero —sin duda es el punto esencial— negación referida a lo mismo que se hacía aparecer o cuya formulación se solicitaba imperiosamente” (La historia de la sexualidad 1: la voluntad de saber, Siglo XXI, 2007, p. 70).
