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* Lo que sucedía en los márgenes de este estallido económico y estético del hard-core de la Edad de Oro del porno, es lo que resultará en una especie de vía de contraposición y luego de asimilación en ciertas dinámicas de producción de mercancías pornográficas. Hablo de las ball-houses, de los peep-shows, de las sex-shops que reunían todas las disidencias sexuales de la época y que alcanzaron un momento crítico debido a la pandemia del VIH/SIDA a finales de la década de los 80 y principios de los 90. Artistas como Ron Athey, Kembra Pfahler, Franko B, Mapplethorpe, Bruce LaBruce, publicaciones como LOVE, o el fanzine Infected Faggot Perspectives, son fundamentales para entender este otro movimiento de la pornografía en Norteamérica. El horror y el dolor que viven estos cuerpos “marginados” aparecen necesariamente en sus registros artísticos, incluso en las potencias pornográficas de sus textos, muchas veces no pensados para excitar simplemente, sino para incomodar, para que los cuerpos espectadores fueran atravesadxs por las intensidades violentas que día a día ellxs como enfermxs, monstruxs y amantes experimentaban. El sexo, pues, se problematiza muchísimo más.

Precisamente uno de los cambios más importantes entre el porno analizado por Gubern al llegado después de la videocasete y la internet, es el nivel de abstracción narrativa al que llegan los videos [1]. Este proceso de reducción (que muchas veces se siente “minimalista”) viene dada por una “regla” implícita: lo importante es que el espectador o espectadora salgan efectivamente del video y vayan al cuerpo, regulen la libido saliendo del sistema pornográfico. “¿Para qué complicar las cosas?” es la pregunta fundamental de este tipo de producciones. Basta con incluir unas breves y nimias coordenadas y puntos de reconocimiento (el tapabocas, el cosplay, the stepbrother/sister, “hot latina suck my dick”, etc.). Y es que todas estas producciones de Athey, LaBruce, Pfhaler, etc., son etiquetadas como “transgresoras” (en el terreno del tratamiento del sexo como material o tema del arte) porque les interesa evitar esta reducción narrativa, que se traduce en simplificación en las sensaciones que produce una obra. De ahí esa necesidad de hacer participar a los consumidores de lo privado y violento en el sexo de todo cuerpo. Por eso la gran importancia de la imagen como el material de las obras en estos artistas. Una imagen que, como el propio Athey, es atravesada, cortada, penetrada, travestida, marcada, asfixiada, torturada, etc.

 

[1] Revisar La imagen pornográfica de R. Gubern, en la edición digital en pdf (pirata) de Titivillus: pp. 21-31.