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* Tiene que haber un momento de pregunta sobre el rostro como valor mercantil-pornográfico. Hablo de cosas como el uso del deepface para superponer el rostro de cualquier persona en un cuerpo virtual o grabado al gusto. Las implicaciones clandestinas de esto son densas: el uso de rostros no sólo de famosos sino de cualquier persona para realizar simulaciones porno, por ejemplo. No hay un contrato de por medio, por ejemplo. Nunca antes nuestras imágenes estaban tan vulnerables, tan libres al uso material. Lo mencionaban D & G en Mil mesetas (Pre-textos, 2002): “Un rostro es algo muy singular: sistema de pared blanca-agujero negro” (p. 173). ¿Hay acaso en este uso del deepface una especie de traición a las máquinas abstractas, o más bien podría funcionar como un caso paradigmático de producción del rostro vs. el Rostro? ¿O acaso una “simple” reterritorialización horizontal de un cuerpo que ya contaba con un rostro? Por otro lado: ¿qué papel juega la mirada del espectador en esta movilización del rostro? Se debe seguir pensando, pues, en la necesidad de individuación y en las necesidades del poder. No se trata, entonces, de la necesidad de individuarse, sino de cómo el poder tiene necesidad de producir un rostro infradelgado, mínimamente diferente al “usurpado”. No es que “se roben el rostro”, es más bien que producen uno mínimamente diferente y que, al mismo tiempo, no desea fugarse del rostro “primero”. El poder de privatizar, expropiando imágenes, un rostro en un cuerpo pornográfico. Este movimiento está marcado precisamente por el proceso de “privatización” de los afectos libidinales de la mercancía pornográfica que se aceleraron con los VHS, los DVD y la internet. Y, sin embargo, en esta simbiosis algo se produce y se aposenta sobre un suelo blanco, algo inhumano: “hay algo absolutamente inhumano en el rostro” (p. 176). Y lo terrible de esta doble vía de influjo/sustento con que consumimos la mercancía pornográfica y la manera en que asimilamos un rostro con sus miradas pornográficas miserables: de modo que la mercancía y nosotros operamos siempre siendo rostrificados, somos identificados como una mercancía santa de poco alcance. No es necesariamente el porno, o lo pornográfico en sí, sino la capitalización de nuestros afectos lo que nos hace tan estrellas porno como las que ya reposan en la pared blanca del star-system. Del mismo modo en que el organismo aprisiona la vida, la mercancía pornográfica aprisiona el deseo. De ahí la posibilidad de una intensidad pornográfica sufriente (a su modo) y gozosa (a su modo): Ron Athey y el ano solar, los trash humpers, el eunuco Travis, Mishima-San Sebastián, Linda Lovelace, Kajta K en Constance