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Único fragmento recuperado de: “Introducción al sexo-inexistente: el afuera y los afectos impersonales en la obra encontrada de Gauge, por Martín Caicedo” [para lectura del Club OsO]

Como otrxs, Gauge pensaba que cada ápice de sexualidad no es un mero impulso natural o naturalizante [1],  sino un juego de receptores y respuestas, una maquinaria compleja, viva en tanto que sistema, que determinaba fundamentalmente dos cosas: los actos sexuales y las imágenes sexuales [2]. Por lo cual, desde que dejó de hacer pornografía y se concentró en otros asuntos, procuró con sutileza y cuidado modificar ese set de receptores, reproductores, responsos que configuraban sus actos, sus imágenes [3]. Es inevitable, pensaba Gauge, que produzcamos imágenes, tanto como es inevitable no inmiscuirse en las economías del mundo, de los mundos, las economías de los mundos, etc. Parece inevitable pensar la manera en que ciertas lecturas (algunas podemos intuirlas), habían logrado convencer a Gauge de la existencia brutal de unos mundos exteriores al que ella había habitado con cierta complacencia típica del fracaso de la american way. De los viajes que tenía anotados sólo sabemos que realizó algunos al desierto de Mojave y al Gran Cañón. Su contacto con las Disidencias Indoamericanas seguirá, hasta que se pruebe lo contrario, como una mera ficción con bastantes adeptos, pero difícilmente probable. Si bien, algunas lecturas de antropología especulativa estaban […]

Entonces, poco a poco, la luz comenzó a causar en ella afectos impersonales, una especie de sudor tibio que la excitaba de sobremanera [4]. Beber agua fría la hacía temblar y gemir sutilmente, por lo que comenzó a beberla en ocasiones específicas, primero con cautela y hasta desconfianza, luego con seguridad y alegría. Cuando estuvo por primera vez con Alejandra y Fio, les pidió que regaran lenta, oblicuamente, una jarra de agua helada sobre su garganta [5]. La sensación que describió después (véanse sus entradas en el blog de las fechas 2, 13, 23 de enero) fue la de sentir que su garganta “cobraba cierta autonomía y se desplegaba desde su posición, abriéndose y dilatándose desde su boca como una inmensa flor de carne”. La luz, en sus sueños —sobre todo—, comenzó a metamorfosearse [6]. Lo que antes era el contacto de la luz contra una ventana o contra una cerámica, pasó a ser el proceso por el cual la luz plásticamente se convertía en cristal o en tierras horneadas y titilantes o, incluso, en aguas vivas de colores propios [7].

Las últimas entradas recuperadas escritas por Gauge, nos permiten entender un poco un cierto proceso de despersonalización sexual [8], lo que no deja de ser paradójico porque, si bien es posible entender que en su cuerpo se repartiera de cierta manera lo sensible, como atravesando un proceso de viaje óntico o espiritual (cf. G. Churata), no deja de resultar curioso o inquietante incluso que la sexualidad, en su cuerpo, pareciera enviarla cada vez más (con más intensidad) hacia un afuera [9]. Lo que parece denunciar o ser prueba de una posible denuncia al preconizado vector de permanencia y personificación del deseo y, en concreto, de los afectos sexuales en el animal humano. Por el contrario, y esta es la tesis que trato de defender en este texto, el deseo comparte con la experiencia mística un proceso doble de descomposición y registro. Lo que quiere decir que Gauge devenía ese afuera, amándolo al punto de integrar en su experiencia sexual todo tipo de actantes que se ensamblaban de maneras determinantes (tanto en la imaginación como en la práctica empírica) con cuerpos humanos. No es ya el catálogo agotador y hasta neurótico de un Sade, sino una apertura brutal, terrible, hacia los afectos impersonales y el poder-cosa (cf. Vibrant Matter, J. Bennett). El cuerpo de Gauge se abría brutalmente y se cortaría con violencia. Ella llegó a llamar al orgasmo el “Gran Resorte-Pliegue”, y también el “Gran Despliegue-Resorte” [10].

En la nota del 5 de febrero escribió:

No me reconozco cuando sucede el Gran Despliegue-Resorte. O más bien: veo mi propio cadáver y no me reconozco completamente. O más bien: veo mi cadáver y siento una incomodidad aterradora y fugaz (x1000), una extrañeza. O más bien: he brotado o chocado contra una zona casi-reconocible, incómoda, siniestra. Todo esto es tan fugaz como lo permite la energía brutal contenida o potencial en el acto mismo de entrega sexual. Hay, al parecer, una especie de misterio mecánico/orgánico en todo esto. Porque en paralelo también hay un terror. Luego, durante el Gran Resorte-Pliegue, reconozco algunas marcas. Es decir: sé que he pasado por aquí y he aruñado y “amado” y escupido, lo que de algún modo es entrar en la lógica del anti-cuchillo, en la lógica de la nube y del río, en la lógica del cristal que camina por un desierto extraterrestre, próximo a la combustión. Es decir: es un viaje, para decirlo en términos demasiaaaaado generales. El viaje: bello lugar común. Puede aturdir ser tan claro. Puede ser tan claro como decir: he muerto.

La idea de la “muerte-inexistente” [11],  siguiendo las lecturas churatianas de Robert, es fundamental aquí. Por eso Bennett aparece como un punto de referencia fundamental. Se desliza la cosidad en los cuerpos deseantes, y viceversa. Pero no sólo “se deslizan”, se acoplan, devienen [12] [13]. Lo que vive el cuerpo de Gauge podría ser algo como la activación o intensificación en sí de las potencias vitales inorgánicas: la muerte-inexistente del cuerpo de Gauge luego del orgasmo (movimiento complejo, por lo que notamos) es una suerte de catalepsia discontinua, un momento de titileo de olor místico:

En esos momentos siento que soy una piedra inexistente que se abre para que la luz la atraviese. Dentro de esa piedra hay habitaciones, dentro de algunas de esas habitaciones hay otras habitaciones. En las paredes de esas habitaciones hay cuadros, nunca ventanas. Cuando la habitación es íntegramente, en su oscuridad de nube chupa-luz, hay un terror de goce, pero cuando la piedra se rompe, y con ella se abren brutalmente las habitaciones, existe más bien un goce de terror, o sea gozo terrible (que no un goce del horror, pues no hay ahí el horror, sino lo terrible)

El momento de ruptura es necesariamente el momento milagroso de transparencia. La Vida aparece gracias a la fracturación brutal de la “habitación”. “La luz pasa”, dice Gauge, “como una nueva y algo conocida luz”. Es este el doble proceso: de abandonar profundamente la seguridad del cuerpo-racionalizado (sabemos de aquellos dispositivos mercantiles que cuajan esta seguridad y la convierten en una suerte de paternidad espiritual… o algo así), y, de vuelta, el proceso de armar el cuerpo que ya ha integrado algo nuevo y terrible.

Parece inevitable pensar en el famoso verso de Rilke: todo ángel es terrible [Jeder Engel ist schrcklich] [14] [15]. Gauge no da pistas de haberlo leído, pero suponemos por su uso insistente de la palabra terrible y su insistente forma de diferenciarlo de lo horrible, que ella está al menos emparentada con esta imagen-cosa rilkeana [16]. Quizá valga la pena pensar en esta experiencia como una experiencia mística y material con el mundo, una nueva forma de moverse e interactuar, una forma que prestablece una suerte de guías éticas de relacionamiento que [se interrumpe el manuscrito].

[17]

[Las cosas son terribles]

 

[1] Duerme un poco bajo la saliva del río. El canto de las nubes es el estallido de vectores y de dolor. No creo que el dolor sea nuestro ni de mis antepasados. No creo que la luz sea una sola ni que sobre este Desierto andemos con un objetivo más que ser pequeñas cápsulas liberadoras de entropía. Cierras los ojos, estoy/soy cuando la lengua es un ramo de flores de río o líquenes mojadas y sobre ellas a su vez tiemblan los huesos. Son los huesos que dejamos con cada paso. Así como no creo que el dolor me pertenezca, no creo que el amor sea mío o reivindique mi pobre humanidad agobiada y doliente o gozosa y terrible o alegre y fugaz o delirante y temerosa, etc., en algo así como un proceso de auto-conmiseración. Me enredo, Liz. Lo que quiero decir es que el amor no es una fórmula para salvar mi cuerpo de mis pecados o mis enfermedades. Lo que quiero decir, mi dulce Liz, es que el amor que siento es más bien algo como un pequeño chinchecito que revolotea entre mi piel y mi aire y las luces que golpean mi cuerpo, un chinchecito hecho quizá por un error alegre del Amor que inunda ahora tu no-imagen en la muerte. Liz…

[2] por lo que a las 5 am había muerto en sus brazos.

[3] La primera vez que se masturbó fue viendo el video de Baby One More Time, clásico ya. Sus dedos, sintió ella, tenían cierta autonomía tentacular y húmeda, del ánimo paisajístico que su propio cuerpo componía: playas oscuras frente al levantar de un canto milenario de seres acuáticos, las nubes grises y delgadas como una gran espina dorsal oscurecida sobre el agua. La canción terminó justo después del orgasmo, que fue rápido y violento. Su mamá entró a la pieza cuando ella tenía sus manos bajo la falda del colegio hecha una remolacha vaporosa y dulce. Ambas se miraron a los ojos, ninguna supo bien qué estaba viendo.

[4] Una noche, muy borracha y alegre, atravesó un largo parqueadero. No se dio cuenta que el espacio urbano que comenzaba a atravesar era algo así como una nube de gas que absorbía implacable la luz-lunar-luz-de-las-farolas-estalladas-de-calor-mínimo-de-mosquitos-mínimos-de polvo-piel-muerta-formando-mínimos-torbellinos-tormentas-para-los-insectos-que-a-veces-no-comen-carne. Gauge se introducía en el sistema de causas y efectos y estallidos de la nube-chupa-luz que era/habitaba el parqueadero. No fue muy consciente del hecho: sólo comenzó a entrar en una negrura cada vez más frágil, pero amenazadora, tibia de día aún. En lo que presumiblemente era el centro del parqueadero, encontró a dos chicos teniendo sexo. Uno era moreno y el otro chico era casi albino, casi que irradiaba luz. Ambos tenían la mano izquierda en el ano del otro y sus rostros componían figuras de gozo y entrega; sus rostros casi eran “lisos” a la manera en que un retablo o un friso o un lienzo es liso y permite que en él las figuras tengan cierta-movilidad-fantasmal. En el rostro fuerte del chico moreno, de cejas definidas y gruesas, de color café muy oscuro: caballos revolviendo los charcos solares sobre una planicie de tierra oxidada mientras, en lontananza, unas montañas nevadas temblaban con creciente violencia. En el rostro iluminado del chico casi albino: algunos seres de largos cabellos muy negros y con largas faldas de color blanco se tomaban las manos y jugaban a la “rueda de la muerte” (ese juego cuyo ánimo centrífugo divertía también a Gauge cuando era niña) en medio de una noche clara y ligera que los rodeaba y abstraía. Entre los cuerpos, Gauge vio una figura de un pequeño ser antropomorfo sin piernas hecho de algún tipo de ramas secas y con dos botones plateados por ojos. Gauge, confundida, aún algo alegre, muy borracha, los rodeó y siguió caminando con tranquilidad. La pareja siguió en lo suyo, al parecer sin notar si quiera la cercanía de la “intrusa”. (¿Sí era una intrusa?, pensaría una semana después Gauge en un súbito recuento de esta escena que ya había olvidado por completo después de llegar a su casa esa noche, dormir y amanecer con un guayabo infernal que duró casi dos días). Bastó alejarse unos cuantos pasos de los chicos para que se perdieran nuevamente entre las tinieblas; el chico casi-albino centelló tímidamente, como un pequeño hipo de luz, una burbujita babosa de combustible. Cuando estuvo fuera del parqueadero, Gauge giró su vista para reconocer los pasos, el lugar por el que había caminado. Sólo había una oscuridad pesada y nada más.

[5] Debajo de los ojos viven algunos bichitos muy parecidos al butano a presión que reposa en los encendedores caseros. Crecen por el contacto con cierto tipo de llama que ha estado infectada por el bichito en cuestión. Los huéspedes de este parásito misterioso dejan de ver el fuego, pero sienten una atracción intensa por el calor que se relaciona, quizá, con las bajas temperaturas que sus cuerpos comienzan a experimentar. Tienen el impulso de llevar su rostro hacia alguna fuente de calor que los atraiga, como polillas. Cuando el rostro del cuerpo-huésped entra en contacto con una llama, el bichito se reproduce a través del llanto súbito que brota de la cara-huésped. El llanto cae sobre la llama y la infecta. Normalmente, quienes son infectados por estos bichitos no tienen una esperanza de vida muy larga, ya sea por la lenta pero inevitable hipotermia, o por algún episodio desafortunado con alguna fuente de calor altamente peligrosa. Hasta ahora la única manera efectiva de retirar a este bichito es sacar los ojos tan pronto como se presentan los primeros síntomas (escalofríos acompañados de la sensación de no “ver muy bien las llamas de la estufa, pero sentir que está encendida de todos modos”).

[6] Te pienso mucho, ¿sabes? Cada vez que la piel parece querer huir de mí, despegarse de mis músculos, siento que algo burbujea, que levanta aire cálido desde mis músculos, precisamente… como si incinerara mi cuerpo, como si yo fuera una cabeza dentro de mi cuerpo y tuviera que consumir cada músculo, evaporándolo, para poder sobrevivir. En el fondo, tengo que confesarlo, no sé muy bien si es un don o una enfermedad. Decir don o talento y decir enfermedad o maldición parecen ser una misma cinta infinita, Liz.

[7] Luego llegaron a levantar tu cuerpo y a mí todavía me temblaban las piernas. Casi que podía ver cómo se endurecía lentamente tu cuerpo. Algunas hojas y tierra volvían, daban discontinuidad a la trama de tu cabello cobrizo.

[8] Varixs comentaristas, entre ellxs gran parte del grupo anista, insisten en que estas «líneas de despersonalización» son equivalentes a los procesos de aquellos «dispositivos inhumanistas» que Robert Pantoja y algunos de sus comentaristas describen (al menos apócrifamente) en varios textos. Sobre esta relación entre Pantoja y Gauge, conviene, sin embargo, andar con cautela, a pesar de la creciente animosidad por establecer una red de contacto no solo entre las obras de estxs dos pensadorxs (lo que es normal y deseable) sino, incluso, entre sus personas. He leído al menos 3 fanzines tipo fanfics que especulan sobre el encuentro de Robert y Gauge en algún lugar perdido en la ex Cauca colombiana. Algunos de estos fanzines comenten el desatino, por lo demás bastante esperable, de describir escenas de sexo entre ellxs.

[9] Sé que hay algo de tibieza en esa desarticulación de la subjetividad. Me siento, lo digo ahora que el cuerpo ya no puede ser más que este contradictorio sistema que se mata a sí mismo, una gran montaña envejecida. En mi piel, que ahora veo como una lámina siempre dispuesta a la erupción, al rasgueo, surgen pequeñas placas liquinezcas, algunos tentáculos casi-animales, unas pequeñitas figuras femeninas remanecen en charquitos azul celeste donde la luna de medio día reposa tambaleándose. Estoy, aquí, y al filo del orgasmo, en la mayor contradicción posible: estoy muerta y estoy viva: casi-muerta, casi-viva, al borde de una muerte que no existe porque lo que le da existencia es este miedo como vela ante una imagen querida anhelando la no-partida de las cosas, deseando con absurdo coraje algo así como la anulación del tiempo. Pero el tiempo es este gato vivo y muerto (perdonen por usar ese viejo cliché… nada como un lugar caminado y conocido para hacernos sentir seguras en algunos momentos de franca debilidad). Sin embargo, esta sensación montañesca, este hervir (frío, incluso, también) me acompaña: yo misma soy una piel dispuesta a descomponerse en el sustrato que me sostiene (obvio, bobis). De mi boca saldrá una gran flor con el color rojizo de mi lengua y hablará a las abejas, a la humedad y a la luz de mí en un idioma inexistente.

[10] Tampoco el sabor es nuestro. Renuncia y toca la flor como abandonando la danza de tu nombre/aceptando la paralelidad de la muerte. El sabor no es nuestro. Cada uno de tus poros podía invadir mi cuello, penetrar como una garrapata que se hincha (cabeza adentro) de tanta sangre. Entonces, verás que somos ese espacio que se derrumba sobre el abismo, y los saltos de las piedras, el nacimiento lánguido de un pequeño riachuelo.

[11] ¿Crees que es posible revivir de un momento a otro, a media noche, en una cama?

[12] Todo comenzó porque regué un vaso de agua fría sobre mis piernas. Lo siguiente fue meter lentamente mi brazo en el chorro de agua grueso y calmo que botaba la ducha de la poceta, fuera de la casa, entre los madroños.

[13] Se trata de anular la experiencia licitante/contractual del yo moderno. Algo en mí puede participar de los reinos exteriores. Si digo yo es porque puedo decir yo no existo. O puedo decir el fuego me quema las pestañas. O puedo contar un chiste. O puedo…

[14] Estaban juntxs leyendo un número de una revista Vogue donde se recordaba la obra del fotógrafo Roman Parkinson. En el centro de una de las páginas, una foto que lxs conmocionó particularmente. el interior del Complejo de Qutb. El vestido transparente, el hombre con la flauta, la harinosa sensación de vida que tienen las columnas barrocas del Complejo, la luz dando forma, violentamente, a las figuras. En algún momento dijo: “toda foto se trata de la luz”.

[15] Parece inevitable no pensar en cómo mantener tibio un reloj dentro de la boca, sin morderlo, comprendiendo la plasticidad del tiempo, el error de la persistencia unívoca y pretendidamente eterna del pasado.

[16] Para más sobre la relación entre lo terrible y lo horrible en la escritura de Gauge, pueden revisar mi texto: Los ángeles de Gauge. En este texto, además, dedico un capítulo breve a mencionar la coincidencia maravillosa entre la distinción de estos dos conceptos ya mencionados por parte de Gauge y Robert P., quien usa los mismos términos para referirse a cosas muy similares, con funciones muy similares. A diferencia de Juliana, creo que esta coincidencia no tiene más explicación que el milagro fortuito y no una “red más espesa de lo imaginado de lecturas y referentes lingüísticos” (de: “Filias lingüísticas: el caso de Gauge y Robert Pantoja en la escritura transepocal” donde Juliana se pone guantes y examina con un detenimiento neurótico los textos encontrados hasta el momento de ambxs autorxs, al extremo de postular una red de “terceras obras”, como ella las llama, cuyo centro de intensidad sería un hipotético escritor contemporáneo a ellxs que tenía también un blog en internet y que, al parecer, había nacido en el mismo pueblo que Robert. Por supuesto, su única prueba se debilita ante los ojos menos neuróticos, pero para eso recomiendo revisar mi introducción al texto arriba citado, donde ofrezco un breve, pero sustancioso estado del arte de la cuestión principal).

[17] La noche, con su viento lleno de espacio sideral, con su viento que ha acumulado pequeñas dosis de día y sol, nos muerde el rostro. Es la noche más leve para lxs enamoradxs. Cada vez que me toco, soy dos, soy tres, soy cuatro. Cuando hacemos el amor, somos una gran orgía en medio de un platanal donde también intensas matas de café remueven de sí el dolor del futuro. Olemos un destino oculto entre nuestros movimientos. Arrojamos los brazos al vacío del modo en que los pájaros sienten el aire ensanchado con su vuelo más íntimo. Las primaveras nos necesitaban para revolver nuestro sudor y nuestros pelos entre sus lenguas agridulces. Toda era una misión delicada y sensitiva. Si te abruma la nostalgia, canta al amor planetario, a lxs amantes inexistentes en las células, los frutos, los virus, los parásitos. Amor mineral. Escucha su soplo. Nos escuchan y nos hablan. Es realmente extraño no habitar más la tierra, no seguir practicando algunas costumbres apenas aprendidas, no dar el significado de un porvenir humano a las rosas y a tantas cosas llenas de promesas, no seguir siendo lo que unx era en unas manos infinitamente angustiadas, o incluso dejar el propio nombre como un juguete destrozado. Es extraño el no seguir deseando los deseos. Es extraño ver ondear libre en el espacio todo lo que antes se amarró. Y el estar muerto es laborioso y tan lleno de recuperaciones que sólo lentamente percibe unx algo de eternidad. Pero lxs vivxs comenten el error de distinguir con demasiada vehemencia, ¿no te parece? Las cosas (se dice) no sabrían a menudo si andan entre lxs vivxs y lxs muertxs. No podemos existir sin las cosas. No podemos negar que la forma en que se tocan y conviven es el origen de toda música. No será vana la muerte. Aún entre esta noche de amantes, entramos en aquel espacio dominado por el terror en el que entró la pepa misma de aquella vibración que aún nos arrebata, nos consuela y ayuda.