Otra entrada, sí. Estuve recordando una imagen. Un día, luego de una sesión de grabación, me quedé acostada en la cama. La tarde comenzaba a morir. Siempre la tarde muere lentamente. La playa es un gran cadáver de días y días. Desde la habitación se veía el cadáver, la playa sobre playas que debo imaginar, playas sobre playas, microplayas sobre microplayas: beach by beach, corpse by corpse.
No sé si era una casa alquilada por la producción. Todos los hombres daban vueltas por aquí y por allá. Las únicas chicas que habíamos, permanecíamos en silencio. Yo observaba el mar desde la cama; una vista maravillosa de verdad. De verdad. Helen estaba fumando un cigarro mientras escuchaba a Ryan, el chico que nos maquillaba, hablar sobre no sé qué cosa de Riley (no eeesa Riley), que ese día no había ido a la grabación porque estaba enferma. Parece que su gastritis se volvió algo más grave. Nos mandó una selfi desde una cama de hospital.
La luz solar aún estaba en forma, etc. La luz del set estaba ON. Leves contrastes, de todos modos. Y yo pensaba: ¿qué será de mi piel luego de que el sol se vaya? Algún día el sol se irá del todo, pensaba, medio apocalíptica, poco realista. The sun is a sun is a sun, pensaba. No más flores sobre las que bailen pequeños seres sin sexo, cantando, tocando flautas brillantes, tamborines brillantes. Tampoco mi piel será flor. Nada de eso: mi piel será invadida lentamente, con fuerza, con calma, por otras luces y otras miradas. Amigos, no quiero decir que esto sea malo. Para nada. No sé si es bueno esta sensación de estar hundida en una casa de medusas. Ojo con los ojos. Cuidado, pienso. Helen se fuma otro cigarro. Yo pienso en el contrato firmado hace unas horas: no decía algo sobre la luz y el sol y la luz artificial. Esas cosas no te las dice nadie. La ropa está hecha para que el sol se sienta católico, pienso. O protestante. Mi tía Ann hablando lenguas. Mi mamá sufriendo un ataque de epilepsia mientras atraviesa la ventana de la cocina gritando. Imágenes algo horrorosas. Puro sentimiento de mártir parado fuera de foco. Un mártir a oscuras es más mártir. He visto lo que hacen los chicos de Four Chambers y es bello. Atrophy Portraits, por ejemplo, tiene un final hermoso: me refiero al agua, el rostro de la chica viendo directamente nuestra piel. Su martirio expuesto a nosotros. Estamos ciegos, es la verdad. Esto tampoco te lo dicen cuando firmas. Firmas un montón de papeles, pero no te dicen que realmente la mayoría están ciegos. El formato del video también es lindo. El formato vertical por fin tiene sentido para mí, pensaba y pienso ahora. Puedo grabar más cosas con el celular, pero no lo hago…
El color final es esa luz barroca que, digan lo que digan sobre Rembrandt, sobre Caravaggio, no es una luz natural. Esa luz no es natural. El color final es ese ocre, esa pesadez. El sol se va: el atardecer en la Cosa Oeste. De niña no veía algo como esto, pensaba. Ahora el atardecer también cierne sombras sobre mi mirada, como si se ocultara en mi nuca un sol presto a la muerte. Más cadáveres tatuados, arena sobre arena. El viento de la playa golpea contra el ventanal enorme de la habitación produciendo un ruido de metal y cristal cotidiano. Quedan las luces del estudio entrecruzándose con la luz del ocaso. Alguien (una voz masculina) dijo que había que alistar las otras luces. El atardecer en su momento decisivo; el cambio de luces. Amarillentas, ocres las luces y yo tirada en la cama. Me ignoran, pensaba.
Ahora recuerdo una canción, o mejor: el video de una canción de Cass McCombs que se llama Medusa’s Outhouse que repite ese final: la luz terrosa y pesada… Un video documental sobre el porno dentro de un video musical. Algo así es mi vida cuando de entre las sombras (sobre mis ojos, entre los árboles, entre las cámaras) se asoman unos ojos que no ven, negros, puntos pequeñitos que atraen hacia ellos todo lo que está por ahí en su rango.
(Se me deshilacha un poco el texto, pero igual lo subiré así. Varias veces me ha tocado dejar cortado el texto, estar pendiente de mis enfermos, del dolor que viene del sur, ¿saben a lo que me refiero? Me gusta hablar misteriosamente a veces. No es por “callar” cosas, sino para animar el espíritu detectivesco, jijiji.)
El caso: creo que mi piel, mi cuerpo desnudo, all of this, quedará expuesto a este atardecer de luz amarillenta barroca que casi podemos oler. El olor del búcaro en las manos de una princesa del siglo XVII. Algo así como una chica desnuda que filosofa desnuda al lado de una gran ventana con el olor del búcaro en sus manos. ¿Recuerdan el cuadro ése del filósofo meditando que es de Rembrandt? Bueno, lo pongo abajo si no. Entonces recuerdo la imagen que les cuento, pero ahora me la imagino desde afuera. No soy yo la que me veo, o no soy yo la que es vista. Lo importante: alguien ve y alguien es visto. Y todo es blanco y no hay madera, pero la luz amarillenta comienza a ganar peso y no viene del sol al que le damos la espalda, quizá viene de la arena que algo refleja, o de los focos para la grabación. La seguridad creciente de saber que las cosas no dependen totalmente de su contexto de producción. Un intruso entre las sombras, pesado; un parásito sin ojos, la formación de un mensaje que no es mensaje. La sutil llegada de un “alien” (y esto lo digo con mucho cuidado).



