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* ¿Qué es todo aquello de la tradición? ¿ansias de citar y ser citados?

Las cosas mueven oscuramente todos los flujos, configuran la forma en que el poder nos disciplina, configura nuestras propias astutas inquisiciones, que es peligrosamente cercana a la forma en que nuestra identidad de consumo se convierte en una analogía maluca (por facilista) de los comportamientos de la libido, o mejor: es el “principio de placer” el que ha tomado cuentas de la satisfacción del consumo… es demasiado “oscuro”, por otro lado, y quizá asqueroso y miserable que esta progresiva confianza en la claridad de la herencia y conocimiento de una supuesta tradición, en el interés por la figura masculinizada del autor y su autoridad, poderosa en tanto que elemento individual de la pirámide de la tradición. Sin contar que, de fondo, se cree que la información suministrada y citada corresponde totalmente a la realidad, lo cual, además de ingenuo, es marca de un pensamiento burocrático.

El porno, al menos, no pretende establecer en común una relación obra-tradición, puesto que la tradición no es más que una red necradémica, donde no hay un pasado de los muertos. Sabemos que es un error dar por muertos a los muertos. Hay un presente de los muertos. Sólo presente. Tampoco es el retorno al árbol de la tradición de Eliot, o algo así, a pesar de sus famosos versos

April is the cruelst month, breeding

Lilacs out of dead land, mixing

Memory and desire, stirring

Dull roots with spring rain.

Es más bien una topología, más que una jerarquía. O el afán seudo-paranoico de afirmar que una no es dios, no puede ser, no quiere serlo, y por eso hay que nombrar, suspender agentes en una red, para que una pueda seguir su recorrido sin que aparezca el monstruo del “Ex nihilo nihil fit”. Eliot responde:

What are the roots that clunch, what branches grow

Out of this stony rubbish? Son of man,

You cannot say, or guess, for you know only

A heap of broken images, where the sun beats,

And the dead tree gives no shelter, the cricket no relief,

And the dry stone no sound of water…

O incluso el bello inicio de los Four Quartets, el poema “Burnt Norton”, la displicencia por la redención del tiempo. Entonces la red se mantiene inestable, con todo y sus nodos, con todo y el asesinado sodomizado Eliot, con una misma sodomizada, entregada a la incertidumbre de la escritura. “Entonces, el porno”…

Sólo vemos imágenes rotas cuando asistimos al porno como asistiendo al espectáculo propio de nuestro presente: y nuestro pasado no son folios ni “historias clínicas” que se pierden en el mano a mano de pobres vecinos y vecinas que trabajan más de ocho horas en ocho horas. Un filo de presente hacia un precipicio. Terror. M. Thatcher, “más acostumbrada al poder que a la vida”, al filo de la locura en una cena, con 70 años, al lado del desgraciado Profumo, quien todos recordaban por su affair con Christine Keeler (quien a su vez tenía cuento con Yevgeny Ivanov, espía soviético). Una mesa llena de ángeles de guerra, de profesionales en la evasión del cuerpo propio como responsabilidad pública. Cada quien, con sus mentes, con sus apartamentos privados donde la historia se teje a punta de subterfugios, de la consolidación de un mundo que funciona en una vía muy diferente a las novelas de Ian Fleming (y no hablar de las películas de J. Bond), sino es que de plano funcionan de una manera opuesta…

Oh, por esas fechas la industria pornográfica ya formaba su rostro ciego y monstruoso, la progresiva territorialización del cuerpo femenino y su gozo subalterno, la gran masificación de registros audiovisuales. Los DVD y el internet: grados del capitalismo. Cine e internet: hijos bastardos que nos duele relacionar con el capitalismo. La supuesta anonimidad de la compra por internet, como un émulo del movimiento de los cuerpos de dirigentes políticos, es un simulacro. Hemos sido convertidos en un protocolo de relacionamiento de datos, que no es sombra sino más bien parásito del sujeto, hombre o mujer, que descarga el video pornográfico y lo mira en la tibieza de su casa, de una sala de internet, en algún recibidor público (computador del Estado, gradación de la riqueza estatal); delegados por alguien, confusos pero eficientes, en todo caso. Confuso porque correlaciona de manera agresiva las cosas con la data que éstas van dejando. La desregularización del consumo de pornografía, por supuesto, es uno de los fenómenos más importantes para la industria y el registro del consumo de pornografía en nuestro tiempo. Es quizá el gran momento de dolor y progresiva neurosis. El control que se intensifica en las plataformas de internet es, ante todo, un control de tipo financiero, es decir: toda página masiva de contenido audiovisual ha devenido en plataforma de compra y venta y leesing y contratación. Oferta y demanda. Tatcher no se soñaba esta forma de su sueño que es el internet. Pero, ¿y qué más sucedió? Por supuesto, no todo es ampliación de las zonas luminosas del “mal”, porque el capital siempre ilumina. Quiero decir, en paralelo a este boom de lo pornográfico evidente y pobre, y lo pornográfico no como principal funcionalidad. Idioterne¸ de Lars von Trier, es sin duda producto de esta desregularización brutal del contenido pornográfico, quizá de otro modo que valdría la pena valorar (sobre todo porque esta película hace parte del famoso Dogma 95, iniciado el mismo año en que M. T. cumplía sus 70 años). Por supuesto, a lo hecho por el Dogma 95 se sigue un verdadero estallido del grado pornográfico en el cine mainstream, desde Europa a Estados Unidos. Pienso ahorita nomás en Catherine Breillat, aunque tampoco la recuerdo con mucho entusiasmo. Pero aquí debería detenerse este atado de referentes, para no terminar clavándome el puñal.

Lo importante no ha sido que se evidencien los movimientos oscuros, la inevitable red de consumo de toda imagen que reproduzca la sexualidad y el deseo humano. La contigüidad con el horror y su terrible peso en nuestros cuerpos cada vez más indefensos ante el avance pasivo-agresivo de la seducción desgastante de la publicidad. De modo que esta necrademia (academia con nuestros muertos) no puede ser más que la insistente figura de un presente demoledor donde pisamos y mordemos con la vista la corporeidad de lo pasado, sus escombros y sus ruinas. En tanto que la pornografía es inevitable, nos ha acompañado toda la historia, sólo podemos decir que ésta nos es más o menos útil si se opone a los flujos normalizados del poder, así esto signifique que el deseo sea puesto (de algún modo… y este modo es lo fundamental, lo mágico [1]) de manera bastarda en relación a nuestro cuerpo incapaz de buscar la falsa salida ética de la “pura” castidad, del celibato santo, acercándose así, fatídicamente [2], a la fascinación por el horror de la muerte como espectáculo.

 

[1] Vivimos el Neolítico de la data, una suerte de momento preciso para que los huecos entre las cosas, sus interfaces, sean leídas-consumidas como elementos activos de un mundo digital mágico, capaz de sus propias intensidades y terrores, de sus propias alucinaciones, de su ejercicio cuasi divino de observación de nuestra propia vida. Como en Ghost in the Shell, donde uno queda con la sensación de que la vida-autónoma es siempre la base para la magia… sexo, juego, oscuridad que vibra detrás de la lengua. La vida siempre como elemento base de la magia. Por eso la vida de los datos produce un nuevo pensamiento mágico plagado de retrofuturismo y de temor.

[2] Esto me resulta inquietante. Porque reconozco esto como un problema del cine mal llamado “torture porn”, que compone su marco discursivo a partir de filmes como Saw, Hostel o House of 1000 Corpses (del insoportable Rob Zombie). Este fondo estético de lo desagradable como espectacularización del sufrimiento y de la muerte es demasiado idiota y gringo. Por supuesto pueden los mismos autores alegar que el espacio de tales obras, más allá de etiqueta facilista de la crítica pedante y estúpida “torture porn”, es el de la seguridad del sufrimiento y la ansiedad. Esto que el mismo Eli Roth, director de Hostel, dice sobre el cine de horror. Por supuesto es mucho más inteligente que la torpe intensión meramente representativa/alegórica de A Serbian Film, que su director, S. Spasojevic, trató de defender. Por lo que esta espectacularización de la muerte, tan propia de una industria cínica como la estadounidense, es un gallo. No creo que la posición sea, como afirma Haneke, desplazar la violencia al plano de la sugestión y la presencia indirecta (Funny Games). Tampoco me siento muy fan de desarrollar un impulso estético irónico “tarantintesco”, a lo Kill Bill. Me siento más del lado de Widing Refn, o algo como la impresionante escena del asesinato de Jesse James de la película de A. Dominik, o incluso (esto duele aceptarlo) a lo von Trier (sobre todo en The House That Jack Built). Por lo demás, el asunto de lo grotesco… del asco por el sufrimiento del cuerpo, me parece un poco más complejo. No es fácil lograr que una obra así sea “valiosa”. Porque también trata sobre la vivencia de la muerte como evento público o como suceso privado que es fetichizado, visto por una “mirada pornográfica”. Algo similar sobre el espectáculo de lo asqueroso y el sufrimiento puede decirse, por ejemplo, de Invader Zim, acerca de la suerte de fascinación que sus directorxs, y en especial su creador Jhonen Vásquez, tienen por lo grotesco. Sin embargo, no hay en esta serie, a mi modo de ver, nada de esa sensación idiota de estar asistiendo a un reality show sobre la tortura de “personajes más o menos entrañables”, como gustan decir los críticos muy críticos de las formas narrativas. No se trata de la defensa pobre de un glamour del horror ni del asco ni de las fantasías, de los fantasmas de una sociedad que ama el castigo.