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Hola, Gauge, bae. Estoy en Bogotá, el fin de semana parto a Tópaga. Quería mandarte este correo porque siempre me dijiste que te gustaba que (te) escribiera. Desde que llegué al aeropuerto tengo estas imágenes dándome vueltas, y bueno, ahorita en la casa de los hermanxs Torres (lxs amigxs que te conté) me senté en el pc (por cierto, los Toshiba ya no son lo que eran… mejor y te cuidas de hacer más pedidos…) para hacer un poco el registro de las flores del viejo jardín de mi casa. O las flores registran mis ánimos para con ellas. El caso es que las recuerdo mucho y sé que no estarán para cuando llegue (te mandaré fotos al wp). No sé. Paré un rato porque estuvimos comiendo y hablando. Jesús hizo una carne con guiso, como un estofado. Ay, cuánto extrañaba la comida así… Les conté a lxs Torres y un amigo de ellxs que se llama Cristian que me había dedicado un tiempo al porno. El chico Cristian (le dicen Cric) pareció muy interesado, y me hizo preguntas realmente atrevidas, incluso ingenuas, pero divertidas, xD. Decía repetidas veces que esto seguro le interesaría a un tal Créppe. Me reí bastante mientras les contaba de ti, de Gianni, de mi trabajo; esos datos de trivia rara, ¿sabes? Entonces tomamos cerveza y nos reímos. Luego llegaron dos chicas (Ika y Camila) y con guaro (aguardiente) y luego llegó otro chico (Juan, se llama) y trajo vino… bueno… la recepción fue completa, jijiji… Whatever… Ya es otro día y la carta la he ido armando a trozos (subo y bajo por el texto acomodando detallitos). El día es frío y húmedo, como cosa rara en esta ciudad miserable. Tengo un poco de guayabo (hangover). Jesús, sonriendo, me pasó un tinto. Él va a ser un gran cineasta, ¿sabes? Ana está dormida al lado mío y se ve tan bella y fresca como el cielo de mi pueblo. Miro la ventana de su apto., veo las materitas que tienen y me dispongo (ahora sí) a hacer el registro de las flores. Como sea, aquí va, bby (I love U):

 

hay un ritmo secreto en el jardín… y recordarlo es armar su sentido, lentamente. Desde la carretera llega el polvo. En la casa el silencio cotidiano es frágil, pero se mantiene; es casi un milagro. Peso de un aire oscuro. Las hortensias nunca fueron mis favoritas, pero pelechan que da gusto. Los gladiolos se alzan como pequeñas torrecitas que tiemblan en una boca invisible y excitada

el ritmo, my sweet Gauge, el ritmo impuesto por una transparencia, casi como suspiros

el fondo de pinos, montañas que son piso hinchado, movimientos de un pulmón imposible

las gardenias, los cerezos y los mantos de María, pieles estalladas de un rostro o de un fantasma que miraba muy de cerca mis primeros pasos, mi “monstruosidad” infantil

o mi infantilidad era el movimiento de avance de las buganvilias a través de la casa, del jardín, señalando la imposibilidad de un jardín, la terquedad de la infancia, el deseo más allá de los ríos que sólo fluyen debajo de las camas y en las literas más altas, con las manos frías pero fuertes de otros niños que miraban con ojos negros (como carbón en la nevera) mis humildes y adoloridos riscos

el viento es el viento cuando las rosas se detienen un poco para ser observadas con orgullo

la caída de las granadillas, el rumor de dientes que sólo acarician las pulpas granulares del fruto, su cáscara como de un huevo extraterrestre. La cereza. La violación del espacio perfecto para que, de nuevo, los geranios, los mantos de María, algunos cerezos, formen un rostro prometido. Seguro sería tu rostro, Gauge. O el de Gianni. Quizá incluso el de Ana, que sigue durmiendo al lado mío. Quizá sólo el rostro de ese niño que amé por primera vez. La inteligencia de las flores, el registro de mi pequeño deseo de monaguillo, de pequeño diablo jardinero. Los pinos alzándose, olorosos, serían borrachines si pudieran, andando a deshoras por caminos de herradura, por trochitas, desde sus casas al pueblo, de las cantinas a los nidos de su amor correspondido con la sumisión y el favor del silencio ardoroso

serían como mi madre o como mi padre, como mis tías

pero algunos novios crecen cerca de las paredes, como pequeños ángeles (siempre me pareció que eran “novios” y no “novio y novia”), y su carmín brilla en las ventanas, en los charcos, en los tarros que mi padre usaba para tener agua en el jardín (aquellos tiempos en que el acueducto era un sueño)

entonces la transparencia de las ventanas y del patio eran flechitas que señalaban nuevas trasparencias

y las flores estaban entre estas celdas transparentes, límites de sombra y luz y el sonido del agua hirviendo y de las piedras saltando a lo lejos (una camioneta se acerca). Al lado del jardín se extiende la ropa que se seca con el frío que baja del páramo. Camisetas y faldas y pantalones revolviéndose por el viento como otras flores, unas flores extraterrestres

algunos ganchos de la ropa están solos y se chocan a veces violentamente (de nuevo: el viento frío que baja a veces rápido, como una invasión amorosa, como buganvilias) (imposibilidad de atrapar el páramo o de ser/estar solamente cerca de él… como estar cerca del orgasmo o del juego en la oreja, las manos que aprietan los ojos, las manos de Gianni, las manos de Gianni que son transparentes y alzan hasta mi boca las manos de otra luz ajena, no nuestra, no humana solamente); ganchos que chocan entre sí violentamente, empujados por el viento que pasa entre los árboles, entre la ropa, y suenan como una serenata para las plantas, para las flores, para las suculentas en la sombra, para mis párpados cerrados y jugosos, para mis rodillas rucias, para Jesús (que tiene el pecho como una guitarra, pariente del suelo y del viento), para mi madre y su llanto de padre-madre, para mis vecis jugando a ser fotógrafos, para el aljibe (metáfora y hecho), para un Rodrigo futuro que escribe un poema sobre su infancia, para el pequeño sonido de las hormigas, para las curubas que casi se pudren en nuestra boca, en las patas de los bichitos… en la punta de los ojos…

amor de niebla o de humo ligero y sin olor, amor entre la Transparencia y la Luz, amantes divinos

su sexo es el espacio en el que me muevo