Martín caminaba tranquilo por la ciudad al atardecer. Todo era calma y tranquilidad. El mundo no podía ser mejor. Al pasar cerca de las ruinas coloniales de la Iglesia de Santo Domingo, se persignó como broma. Riéndose avanzó hasta que un sonido húmedo respondió a su risa. Venía del interior de las ruinas, repetitivo y pegachento. Supo de inmediato a qué se enfrentaba, y por eso sacó del bolsillo su celular y comenzó a grabar un video. Cerca al micrófono dijo: “soy Martín Caicedo Vidal, y este es el registro B-006”. Sintió un pequeño orgullo por decir esta frase, aplicar el sistema de etiquetación que se le había ocurrido hace tan poco. Dos habitantes de calle o dos jóvenes muy sucios, o dos jóvenes habitantes de calle, o dos fetichistas disfrazados, o dos fantasmas o monstruos (porque seguro aliens no eran) culiaban a oscuras. No se veía muy bien desde la cámara de qué sexo era la persona que, de espaldas, con pelo corto, eran penetrada por el joven mugroso que empujaba con la pelvis, sosteniéndose con los brazos alargados. Martín estaba emocionado; no parecían notar su presencia.
