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Ana despertó como nadando en niebla. Pensó melancólica en un mundo de niebla, en ella caminando lentamente por ese mundo. Había soñado con M. Soñó que dormían en un baño enchapado con unas hermosas y dulces baldosas rojas que funcionaban como una pequeña caja de reverberación de luz. La luz, en el sueño, las atravesaba violentamente, sexualmente a ambas, que tomadas de las manos veían, una a la otra, cómo sus cabellos se humedecían y luego cómo se humedecían sus pieles y luego cómo se humedecían de llanto sus ojos y sus mejillas. Ana le decía algo a M. que sonaba a “tus mejillas saben a pan”, pero la verdad es que Ana no lo recuerda muy bien y puede que haya dicho algo más “coherente” como “tus mejillas se ven como pan”, o simplemente la relación M.-pan-mejillas-luz roja era una especie de maquinita de sensaciones agridulces y frutales y brillantes en el vientre húmedo de la Ana del sueño. Cuando despertó nadaba en niebla y su vientre estaba húmedo. Sentía su cuerpo ligero, como recién vívida de orgasmos, con los labios mordidos (por ella misma, como solía hacer cuando tenía sexo y sentía muchísimo placer). La melancolía vino después, al recuperar para sí la imagen de M. desnuda a su lado, con su rostro como herido o doloroso y feliz. Repentino dolor, esquemas de huida, más imágenes: M. con su cámara apuntando a su vientre, a sus pies, cayendo M. por el filo del cuarto donde reposaban sus cuerpos sobre una alfombra gruesa y de motivos arabescos (Ana estaba segura que esa alfombra era una imagen de su infancia más lejana, lo que explicaba su tranquilidad y la sensación de familiaridad para con el tacto de la alfombra).

Ana caminó en busca de guayabas. En su cocina había una que comenzó a comer dirigiéndose a su pieza nuevamente. Un domingo muerto. Caminar en un domingo como caminar dentro de un cadáver. Se sentó en su escritorio con la firme decisión de digerir la guayaba mientras reorganizaba las cosas que se extendía en la madera brillante caoba de 120 por 80 cm que vibraba mínimamente al frente suyo desprendiendo un tenue olor a algo vivo, pero no humano, olor de proximidad de aguacero. Sobre el escritorio había muchas hojas con formatos de contratación idiotas: residuos del último “perihelio” con las Oficinas Interdependientes de Contratación. Había por ahí un par de cuadernos-diarios que Ana usaba de vez en cuando para escribir, para anotar tareas, puestos como dos rectángulos negros y vibrantes (“hoy todo vibra”, pensó Ana) sobre la mesa. Con lo último que quedaba del sabor de la guayaba en su boca, comenzó a remover papeles, lapiceros que iban apareciendo como huesitos debajo de la tierra, carpetas, basura (facturas, sobre todo). Se resistía a coger los cuadernos. Decidió prender su portátil para poner música. Alguna canción lenta, con pianos brillantes, algo como una voz seseante y mucha sensación de agua que inunda todo al ritmo de la música. Quedaban los dos cuadernos: uno totalmente negro con un dibujito de un puñal pegado con cinta transparente; el otro con una trama marmolea de colores fríos. La luz que venía desde la ventana pegaba con sutileza sobre los cuadernos, revelando pequeñas estrías, surcos, marcas de rayones y huellas de palabras. El cuerpo de las agendas era una pequeña red comprimida que, para Ana, “pescaba” cosas a medida que se movía. Algo como escribir en él era más bien el resultado de un encuentro entre Ana y el cuaderno; no tanto como la búsqueda de registro. Ana rara vez se veía con el amure de escribir algo en cualquier lado, a cualquier costo, como uno suele imaginarse un poco ingenuamente a los cuerpos que escriben, atacados de repente por un afán inexplicable, incluso místico, por escribir, registrar, blablablá. Ana escribía sobretodo mientras leía. Si no estaba leyendo, rara vez algún texto se producía. A veces abría alguno de sus cuadernos, acariciaba las hojas levemente beige y en esos momentos sentía casi como un capricho que tenía que escribir sobre ese papel: cualquier cosa, sólo por la sensación de rayar el papel, de entrar en contacto con él: un placer casi erótico. Como el afán era más rayar, que propiamente escribir o “discursar”, muchas veces hacía pequeños dibujos de ojos ciegos, de orejas de los que salían hongos, matas, pequeños corales, o a veces simplemente hacía rayoncitos como en las planas de su infancia:

Cogió uno con los dedos, como con una pinza, con una leve sensación clínica. Sacudió el cuaderno, agarrándolo por el lomo. No pasó nada. Agarró el otro y de él cayó una hojita cuadriculada (que perteneció a otro cuaderno) doblado en cuatro. Reconoció inmediatamente esa hoja y el ojo ciego que adornaba una de sus caras. Desplegó la hoja temblando mínimamente. Si fuéramos muy muy pequeñitas, hubiéramos visto cómo ese desplegar-papel soltó (explosioncita) unas partículas de alguna-materia-misteriosa que podían ser células muertas, algún tipo de sudor místico o polvo (eso que una llama tranquilizadoramente polvo [1]), pequeñas mónadas, concretas, físicas, que produjeron una pequeñísima nube que se disipó mágicamente entre los colosales dedos de Ana.

En el papel estaba transcrito el poema que alguna vez había sacado de los Gauge Files, como le gustaba a ella llamar a los restos del blog de esa chica misteriosa llamada Gauge que como ella había sido actriz porno, pero por allá a inicios del nuevo milenio:

Rodri, muy emocionado, me pasó un poema que había leído en algún pdf. Lo tradujo él. Me lo pasó así:

I Don’t Want to Erase

I’ll just bathe my eyes

with this new light,

I don’t want to erase

the signs

drawed by your hands and your lips;

I want to keep smelling

of night in love.

*

No quiero borrar

Nada más bañaré mis ojos

con esta nueva luz,

no quiero borrar

las señales

que dibujaron tus manos y tus labios;

quiero seguir oliendo

a noche enamorada.

Rodri anotó esto: lo encontré en un pdf que descargué gratis del repositorio digital de una biblioteca de mi país. Ya ni recuerdo el título del libro ahora, lo siento. Su título original es en una lengua indígena, de habitantes del Valle de Sibundoy. Nunca conocí el Valle del Sibundoy. No pude dejar el original, porque al copypastear el poema se perdían unos caracteres de unas eses con dos puntitos arriba que no sé cómo poner y el TOC no me dejaba en paz. Dejo lo que traduje y la versión en español que, tengo entendido, es hecha por el propio poeta. This is it, bae. Se queda el poema y el enorme deseo de morir en aquel Valle, jiji.

He leído muchas veces el poema; su fondo erótico, la belleza con que se traduce ese momento cotidiano y raro de tránsito entre la noche y los sueños y la vigilia al lado del cuerpo con que se jugó a caer enamorada una, ahí, al lado, oliendo a todo lo que debe oler una mañana así, es decir: a residuo de noche. Quizá todo pueda convertirse en un guion para un corto hermoso, donde se levanten los cuerpos con el peso propio del cansancio y el reposo. Desnudas ambas personas, moviendo sus extremidades como abriendo los ojos soñolientos. ¿Quiénes podría representar esa imagen? La luz, importante, tendría que ser especialmente onírica. Caer sobre las pieles y dar la sensación de posarse y revotar en unas superficies como babosas, suaves, casi casi casi aceitadas y dulces. Ese aceite es lo que, en contacto y fricción, crea ese olor a noche enamorada. Como si la saliva se secara pacientemente en los hombros, los cuellos, los párpados, los labios (por supuesto), los senos, cada zona perversamente genital, o mejor, cada zona contraria y perversamente no-sólo-genital, vibrante y tierna como una fruta madura. Quizá elegir correctamente la tela y color de las sábanas ayude a crear muy bien el paisaje. Es que, pensándolo bien, no sólo es ese contacto de un aceite o crema con el cuerpo lo que produce el olor buscado, no. Tiene que ver con la forma en que las sábanas filtran la luz mañanera, la forma en que cierta disposición espacial intensifica la sensación de nicho, de cueva íntima, la disposición incluso de algunas plantas y flores que se mecen sutilmente por el viento que se cuela de alguna parte invisible a la habitación, acariciando cada cosa con suavidad, igual de sutil que su ingreso y movilización por el espacio. Es-un-todo, y como un todo debe pensarse. Tendría que hablar con Gianni sobre las lentes que se pueden usar, porque yo no lo tengo tan claro. Claro que cada vez sospecho más que una lente ideal siempre es aquella con una apertura brutal o visceral, como una membrana intensamente amplia, pero a la vez contenida y atenta (toda lente es atenta, quizá). […]

El post seguía con unas preguntas de Gauge a sus lectores y lectoras regulares acerca del poema, de las impresiones que habían tenido, de si conocían poemas similares, etc.

Ana pensó en lo oportuno de encontrar el poema y recordar esa entrada de Gauge. Ella y M. habían tratado de recrear ese guion especulado años atrás por la admirada (de A. y M.) Gauge. Recitaban una y otra vez ese poema (de memoria) mientras duró su romance, como lo llamaba Ana.

Llamó a Martín para contarle que se sentía triste. Martín no contestó. En este momento de la tristeza, en que no había propiamente discurso y a duras penas imágenes, Ana sólo podía recostarse con el poema en la mano, soltarlo histriónicamente sobre el colchón y cerrar los ojos que estaban mirando el techo. Respirar un poco, unos 5 minutos. Abrir de nuevo los ojos con el olor de M. en las ñatas. Ana se dice “ay, los domingos son unos huecos muy” y se interrumpe para buscar el poema, ponerlo en su cara (quizá aún histriónicamente) y leerlo en voz baja con afán.

Nada más bañaré mis ojos

con esta nueva luz,

no quiero borrar

las señales

que dibujaron tus manos y tus labios;

quiero seguir oliendo

a noche enamorada.

Cada día, dijo M., huele a noche enamorada. Ana se rio o sonrió. M. dijo, achantada, bueno no, no, no. No quiero decir eso. Ana le preguntó que entonces qué quiso decir. M. dijo que quería decir que, bueno, es imposible no sentir a veces (aa veee ceeees) que esas noches que te untan, te llevan a la mañana así, así, están dándose en una. Caminábamos cerca de la finca de Toña, aún con el sonido del piano reverberando en las orejas. Orejas. Orejas. La luz entra, golpea el círculo azul pintado con vitraseta. El óvalo de luz azul golpe contra la blusa florida de M. Me refiero, niña, a que uno va por ahí, trin, atravesando pequeñas noches de amor y, por tanto, despertando eventualmente… a veces es cuestión de meros instantes que se confunden con instrumentos. Ana se rio, esta vez seguro sí se rio. M. se achantó más creyendo que había dicho algo estúpido. Ana la miró deteniendo su risa, enternecida de repente. Le dijo que ella entendía. M. le dijo: te burlas de mí. M. sonrió como una niña. Ana le dijo que no, que no se burlaba de ella, que cómo se le iba a ocurrir, haciendo un énfasis con su ceño fruncido, con la boca como de pato, en lo que Ana creía era puchero de seriedad muy diciente e incluso importante. M. la miró a los ojos. Caminaban entre tierra oxidada y un frío que crecía como una mata de niebla. Todo muy campestre, piensa Ana. Por acá fue que le tomé esas fotos a Martin, dijo M. Ana miró a su alrededor. Da un poco de miedo, ¿no? Ana le dijo que sí, que daba un poco de miedo. Este es el fin de un camino. Este es el fin de un camino. Luego vieron un espacio teto de helechos. Las hojitas secas y pequeñas de los helechos creaban una especie de alfombrilla sobre el color anaranjado de la tierra. El pasto parecía volverse por milisegundos un pasto fantasma. Era eso o vibraba. ¿Qué pasa con las cosas que vibran así, cuando las cosas vibran así? M. se agachó y metió la mano en la alfombrilla de hojas secas, agarró un puñado y lo tiró al aire dando un pequeño saltico, gritando yei y todo, instalando una instantánea fiesta frente a Ana que se ríe, hace lo propio, lanzando a su vez el confeti y gritando yei. M. agarra más, se lo tira a Ana y sale corriendo, riendo, alargando la fiesta un poco más. Ana acepta la invitación y detrás de M. lanzándole confeti, viendo a M. entrar de a poco en una nube que tapaba el camino. La neblina era espesa. Cuando entraron, no alcanzaban a verse. Estoy por aquí, Ani. Ana preguntó dónde. ¡Aquí, boba! ¡Testoy viendo! Ana no veía a M. y prefirió quedarse quieta, con el confeti en la mano; le dijo suavemente que ella no la veía. Tenía el puño cerrado entre el confeti. M. apareció de entre la niebla y Ana le tiró en el rostro, violentamente, el confeti, soltó una carcajada y salió corriendo, sobrepasando a M. Ana sigue en la cama con el poema en la mano. M. sale corriendo detrás de Ana, con pequeñas hojitas secas y otras no tan secas de helechos enredadas en el pelo, en las cejas, entre su ropa, haciendo remolinos pequeñitos que llegaban con retraso a la piel de sus hombros. M. corría escupiendo confeti. Por ahí sonó que Ana se tropezó y calló. Golpe seco, de bulto que cae al suelo, M. que se choca con el bulto, el bulto que suelta un «ay, me caí» y M. que cae lentamente viendo a Ana medio sentada entre la niebla. Se rieron unos quince minutos. Ana no recordaba tantos detalles, no recordaba que el suelo olía metálico, que la niebla era absurdamente densa, que la noche brotaba de entre la niebla dejando a su paso una seña fría. No recordaba que esa fue la última carcajada al lado de M. M. dijo: qué boba sos. Volvía a reírse. Volvió a reírse. Volver a un espacio corporal, una disposición que se llama «reírse». Mucha mucha risa. Ana seguía con el poema en las manos. El sol no atravesada completamente los grandes cúmulos de agua condensada y caía cruelmente sobre la ventana del apartamento de Ana. Es mejor que nos movamos pa alcanzar transporte. Ana y M. retomaron camino en silencio. ¿Estás triste, cierto? Ana le respondió tomándole la mano mirando sus pies avanzar sobre el ruido crujiente de las piedras y el olor a noche entre niebla. La noche sube. La tarde es una implosión. La mañana es algo que sucede entre los restos de la noche y la luz del sol. El mediodía es la hora del diablo. El sol es lo más cercano al diablo, un ojo gaseoso y caliente. Ana y M. dibujaban dos lánguidos vectores de fuga. En un momento se despejó la neblina y la noche estaba ahí, como si nada. Caminaron oliendo la humedad de los árboles, en silencio, escuchando sus pisadas, los ruidos cada vez más cercanos de la Panamericana. La noche, cuando ya está compuesta, es la hora bruja, el espacio especulativo. Régimen de lo imaginario, sobrenaturaleza, noche dos veces en los ojos de M. Noche tres veces, dolor dos veces dolor, tristeza tres veces tristeza en la piel, en los ojos, en la boca de Ana. Cuando ya estaban por llegar a la Panamericana, Ana le dijo a M. que esperaba que su viaje fuera seguro y bello. M. estaba llorando. El poema reposaba sobre las piernas abiertas en V de Ana. Ana lloraba un poco. Quizá han pasado varias horas. El estómago de Ana comenzó a vibrar de hambre, lo que la trajo de repente de vuelta. En la cocina había pan dulce. Ana se comió varios así sin nada. Tenía el poema en el bolsillo del pantalón. Lo sacó otra vez mientras mascaba pan. Lo miró. Vio las letricas de M. alargadas, escritas con un lapicero nuevo que dejó a su paso grumitos de tinta. Ana estaba recostada en un mesón de la cocina. El mesón era grisáceo, hecho con pequeñas piedritas. Tenía un pan con un mordisco en una mano y el poema en la otra. Se quedó un rato con la mejilla llena de pan, mirando hacia la ventana de la cocina, justo al frente de ella. Respiraba lento. Casi mete el pan en el bolsillo, pensando que era el poema. El sobresalto le hizo soltar el pan. Se quedó doblada, con el torzo agachado en un claro gesto de querer agarrar el pan mordisqueado. Se quedó con la mano estirada hacia el pan mordido, con la mejilla llena de comida, como congelada. Intentó, en un esfuerzo idiota y nada lógico, guardar el poema ahora sí en el bolsillo del jean. Sintió un pequeño chispazo: se burlaba de los robots torpes que grababa la gente. Ella era uno de esos robots tontos intentando hacer tareas contradictorias al mismo tiempo, trabando cualquier posibilidad de realizar por completo alguna de las tareas. El poema quedó medio metido en el bolsillo, Ana seguía doblada hacia abajo, como si una fuerza agachara sólo su torso, con la cabeza un poco inclinada hacia arriba como si hiciera estiramientos. Ahora, con los dos brazos sueltos, suspiró, se tragó la masa de comida que guardaba y el poema cayó leve al lado del pan. La Panamericana estaba sólida. Una pequeña mañana. Nada más bañaré mis ojos con esta nueva luz. Ana oía cerca y húmeda la voz de M. No quiero borrar las señales que dibujaron tus manos y tus labios. La húmeda voz temblorosa de M. Ana, en un desliz, recogió el poema y se lo metió a la boca.

 

[1] “La arena vista de cerca parece algo valioso”.