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…la pornografía no es una cosa estable. No es inherente a un texto. Es una práctica de observación y lectura, una manera de ver las cosas, un método. El porno inspira a la gente a tener un sexo más interesante. Pero también conforma la naturaleza del interés y de la inspiración. Inspira a la gente a tener prácticas de observación y lectura mucho más interesantes. Es un objetivo, una dirección.

Jennifer Doyle. “Sex with Ron”. Pleading in the Blood: The Art and Performances of Ron Athey.

En su texto sobre el sexo en la obra de Ron Athey, Doyle hace unos apuntes maravillosos sobre la relación entre la pornografía y el arte. Una de las cosas más importantes es, precisamente, que el esquema porno/arte no funciona para analizar qué funciones tiene la inclusión del sexo en los performances de Ron, puesto que el sexo no es un fin, sino un medio. El mismo Ron dice que él mira el porno como un “medio creado para excitar sexualmente y, ojalá, inspirar a la gente a tener un sexo mucho más interesante”. Por supuesto, esto describe una dirección, que la misma Doyle señala: la pornografía disuelve el texto en sexo, pues tiene una “objetivo local y práctico”. En algún momento, el lector deja de lado el texto: “en ese momento”, dice Jennifer, “lo pornográfico migra desde el texto hacia el cuerpo. Ese momento es totalmente impredecible”.

La pornografía equivale a la fuga del texto hacia el placer, o a la voluptuosidad. Lo que me llama mucho la atención es su insistencia posterior en que lo pornográfico no es inherente al texto. Ésta sería la razón por la cual ese momento de fuga hacia el cuerpo, o mejor: de abandono del texto, es totalmente impredecible. Lo pornográfico está pues en la mirada del lector y de la lectora, en una instancia libidinal que le presenta una imagen como parte de su sistema de producción de gozo. [1]

Por supuesto, no hay sólo una mirada pornográfica. El meme anterior (que encontré en Facebook) me hace pensar en que la mirada pornográfica más común pone en tensión (principalmente) al cuerpo femenino y al masculino. ¿Qué hay del meme? Pues sexo como conquista, conquista del todo abierto, como si todo fuera totalmente penetrable. Como si todo el mundo fuera un espacio donde un detective registra y mapea el territorio para “apropiarlo”, pero muuuuy rara vez se presta él mismo para ser registrado, penetrado o mapeado. El mundo es también sus imágenes, por supollo. [2]

En el porno mainstream es precisamente la actualización de las fantasías de conquista del macho, etc. Hablo del producto. Las mujeres en este tipo de porno están abiertas siempre al acto sexual. Como señala Román Gubern en La imagen pornográfica: no hay espacio para la aparición de la violación porque siempre la mujer está dispuesta al sexo que propone el hombre. Pero, claro, se construye de antemano un espacio donde la mujer siempre está dispuesta, a ser “iniciada” en el sexo por el hombre, a ser la que aparece más en la pantalla, a ofrecer sus afectos (su rostro, su mirada, y, con ello, sus emociones: por eso es tan común que el rostro del hombre no aparezca). Pero estas “quejas” ya son, cada vez más, de común acuerdo. Y precisamente, una vez sabida esta posición, no dejan de resultar inquietantes las escenas donde un hombre entra a una habitación donde una mujer convenientemente desnuda está dormida y comienza a tocarla, a intentar penetrarla, etc., hasta que ella se despierta y lo recibe con gusto y siguen su actuación y el sexo y etc. [3]

¿Puede pensarse que la mirada fetichista (como sugiere Gubern) es, de ante mano, la base para cualquier mirada pornográfica?

 

[1] Gubern en La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas cuenta que Sommaren med Monika (1952) de Ingmar Bergman era distribuida en los Estados Unidos en los circuitos de cine erótico de la época con el “expresivo título” The Story of a Bad Girl (de Sinema. American Pornographic Films and the People Who Make Them, de Kenneth Turan y Stephen F. Zito, Signet, Nueva York, 19975, pp. 45, 51).

[2] “Formulémonos una pregunta aparentemente chocante: ¿tiene sexo la red? Tomemos de ejemplo-modelo el caso de las narraciones clásicas del género negro. Estamos acostumbrados a que en las películas de cine negro —o en sus homólogos en la literatura y el cómic— el detective sea un varón blanco que en su vagar por la ciudad buscando pistas y mapeándola la haga suya. Por encima del bien y del mal, y más allá de las normas establecidas, se mueve a sus anchas de un lado a otro de la urbe con el único propósito de dar con el asesino, algo que obtendrá a cualquier precio: bien sea a costa de asumir una conducta de héroe épico o bien de héroe trágico. La ciudad, dominada por la corporeidad del detective, y a imagen y semejanza de él, queda así masculinizada, y, en tanto que masculinizada, también feminizada al modo del macho convencional: la ciudad es el espacio vaginal, el hueco, que aloja todo cuanto el detective quiere que en ella sea alojado. Acontece ahí el mecanismo de sexuación del espacio en uno de sus modos más intensos y también más aceptados por el público y en general por el consumidor de ficciones.” Teoría general de la basura, Agustín Fernández Mallo (Galaxia Gutenberg, 2018), p. 157.

[3] Erika Lust en Porno para mujeres toca este tópico en su caracterización del “porno poco realista y predecible que hacen los hombres”, junto a 26 clichés más que evidencian el sesgo sexista del porno mainstream. Por lo demás, este libro de Lust puede servir de una especie de guía muy útil para resolver ciertos problemas sobre cómo se ha consumido y producido el porno como industria y, sobre todo, un encuentro con posibilidades o nuevas vías para el registro pornográfico, etc.