Es como si nuestro deseo produjera, por error, una suerte de imágenes o de receptáculos de imágenes, previas al montaje que da la narrativa. Una suerte de basura de índole sexual, un espacio donde la mentira y la necesidad libidinal no se diferencian mucho que digamos. Luego está la pornografía, una suerte de extrañamiento de las imágenes del deseo, su progresiva razón formal, es decir su instauración como forma estética y luego, poco a poco, ¿qué queda? Creo que lo último será la creación de pequeños órdenes de realidad. La búsqueda terrible de la representación del mundo tal cual nos va llegando [1].
Hay un montón de filtros, y esa complejidad no sólo se produce por la sumatoria en exceso de filtros, sino también por la variabilidad de escalas en que operan éstos. En la posibilidad de que una red esté ya instaurada entre las cosas y la gente, previo al momento de registro (tenemos una cámara, y el cine me parece un arte de presencias, no de meras representaciones). Aventurera del mundo nuevo después de esta guerra civil, sin memoria, reina de mi pequeño hogar inútil.
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[1] Nos preocupa sobre todo la forma en que las cosas se nos presentan, ¿cierto?
