el sol no es un tío de Barcelona con una verga reluciente rebotando
es Santa Mónica caminando por las montañas
(“es un implante”, me dice, y yo creo que en algún momento sangrará un atardecer desde esa verga reluciente en mi boca)
el sol no es mis ojos cuando vi el álbum familiar y tenía 5 años y habían dibujado un círculo de tiza alrededor mío
(“querías ser médico”, me dice mi mamá, y brillan en mis ojos los reflejos de la cámara antirreflejos que sostiene el chico camarógrafo que me dijo que estudiaba cine pero que necesitaba dinero)
el sol no es este silencio de las sábanas y la lámpara y las flores y las cortinas y las almohadas y mis brasieres y mis tacones y las baldosas y las paredes blancas
ni siquiera en mi cabeza apagándose como un cool jazz de Baker o Devendra
(“me llamo Linda, como la canción”, me dice, pero yo sé que su nombre es otro y nos reímos)
(aunque estos ya no son los 80, ni Penthouse, ni las pequeñas siestas de Playboy en canales de pago, ni mi primer trabajo como “alegrador” de escenas)
este sol ni siquiera es un squirt a tiempo
