Una luz pequeña y fría vibra en medio de una pieza mohosa, derruida, abandonada por cualquier esquema de habitabilidad, o más bien: expresando en su supuesta esterilidad, que es más una austeridad tibia (sorprendentemente tibia), un esquema de habitabilidad nómada, un abrir y cerrarse del abrigo, del conjuro del hogar, de la mera protección, una disposición continua para la necesidad, para que la necesidad sea satisfecha. Este espacio, con algunas marcas en sus paredes (grafitis, rasguños, descascaramientos, registros no-humanos), donde una pequeña luz fría vibra cambiando de tonos, de intenciones, pero nunca de temperatura, está vivo. Nunca parece algo como una fogata, aunque la recuerde levemente, aunque esto sea contradictorio. Imágenes de cuerpos frente al fuego no es lo mismo que imágenes de cuerpos frente a la imagen, a las imágenes, bajo su luz, frente a su luz, como volúmenes temblorosos afectados por la luz.
Cada vez que Ana mira esta luz sabe que la reunión ha comenzado. Algunas veces se ha colado entre los pasajes peatonales, acercándose a la zona ocupa donde los edificios abandonados de vez en cuando burbujean vida humana. Los ha visto, las ha visto: niños y niñas, nunca mayores de 12 o 13 años que miran un viejo IPhone cascado, con la pantalla cuarteada y algunas manchas en el display. Sobre sus rostros (que a ella le parecen ligeros y, de algún modo trágico, también hermosos) las luces de las imágenes crean esporádicamente paisajes de sombras, como montañas bajo soles enloquecidos, como montañas afiebradas bajo soles enloquecidos.
La primera vez que ella los vio reunidas, no se fijó que el celular no podía producir sonido. Se dio cuenta quizá en la cuarta ida a espiar. Se asomaba por una de las ventanas que tienen esos depósitos abandonados. Cada ventana no tenía más de veinte centímetros de altura, pero alcanzaban a veces a ocupar casi todo el ancho de las habitaciones, que podía llegar a ser de diez metros en los salones más grandes usados como bodegas. En un inicio, tenía entendido Ana, las bodegas sirvieron de talleres instalados por los gobiernos locales para trabajar en motores kinosmóticos. Luego de los primeros enfrentamientos, fueron usados como almacenes, algunos como pequeñas oficinas de operaciones tácticas y de inteligencia, luego simplemente abandonados cuando el control de la guaca la tomaron de nuevo las fuerzas fósiles bajo la égida perversa del Frente Nacional (llamado coloquialmente Cartel Nacional, con ánimo mucho más clarificador de lo que los líderes locales del F. N. quisieran). Siempre corrieron rumores de que esos espacios fueron usados como centros de tortura de algunas cabecillas de las Fuerzas Transfronterizas de la no-Colombia. Pero esto no deja de ser un mero rumor, un mero cuento para asustarse entre los niños que aún por ahí crecen gracias a la única “guardería” que sobrevivió y que se convirtió, a los ojos del poder local, en algo así como una monjita vieja que no puede lastimar a nadie cuidando de vez en cuando a pequeñas criaturas que surgen de la “ingobernable ansia sexual, ignorancia y potencia reproductiva de la raza humana” (como lo declaró el anterior alcalde en su discurso de posesión). Por supuesto, con este alcalde (apodado Chuletas, quizá por gordo o porque, según dicen, no comía nunca nada diferente a chuleta, o sea —para los habitantes de la región— cualquier carne que sea apanada; aka. milanesa) a pesar de mostrar indulgencia con la guardería al incluirla en el esquema de producción social, también había sido muy hábil en arrestar y procesar a quienes fueron sus creadores y directivas: Hilario Rodríguez, Diana López Ávila y Gris Puetamán. Chuletas puso en la administración a una subordinada: una señora que llamaban la Mama. Así, sin tilde. Fue justo antes de la “nueva administración” que Ana salió de la guardería y comenzó a trabajar por su cuenta, gracias a la política de emancipación que la propia Diana López Ávila había propuesto como una de las bases para la guardería, pero que fue reconstruida por la Mama apenas tuvo su pálido y tenso cuerpo puesto en la silla de la administración (que ella misma mandó a hacer para instalar, en vista de que no existía, antes de ella, tal cosa como una Oficina Directiva). Ana nunca volvió a ver a ninguna de las directoras de la que fue su casa durante su infancia y adolescencia.
Ana creía que eran estos niños y niñas que caían a ver el viejo IPhone eran parte de la guardería, pero nunca lo confirmó. Bien podían ser hijos de algunos que otros viajeros que, creyendo que podían usar este territorio, esta vieja-nueva ciudad, como campamento, cayeron en cuenta que salir iba a ser más difícil de lo pensado. Esto mismo le había pasado a varia gente cercana a Ana. Su amiga Titi, ahora trabajadora de la Secretaría de Movilidad, planeaba viajar hasta la Gran Zona Desértica, cerca de lo que era La Paz. Según le contó Titi, varios parientes de ella que habían participado de los conflictos del 22, se habían quedado a vivir en esa zona, a pesar del riesgo biológico que eso significaba… o quizá precisamente por eso. Titi le dijo que la Gran Zeta (como también llamaban a la Gran Zona Desértica), era una zona sin fósiles, lejos de cualquier conflicto. Los y las habitantes de la Gran Zeta habían aprendido a vivir en pequeñas comunidades llamadas oportunamente Oasis. Algunas personas experimentaban continuamente alucinaciones, pero parece que éstas surgían porque alguna vez la persona que tenía estas visiones se alejó demasiado de las zonas seguras y sus rutas de mercado, exponiéndose de frente a los residuos de la bomba del 24 (?). Pero Titi no pudo salir de esta ciudad en la que paró sólo para recargar víveres y continuar su viaje. La recomendación siempre era tomar el camino largo hacia el sur del continente, franquear esta ciudad que resultaba ser una especie de hoyo negro, un atractor demasiado poderoso, pero de rostro inocente. Lo que sucedió con Titi es algo que podría decirse de casi todas las personas que se arriesgaron a usar esta ciudad como sitio de paso: un proceso grave y sin aparente explicación de desmantelamiento anímico. Titi, agreste, orgullosa (quizá, para su propia salud, mucho), voluntariosa, terca, lo que puede llamarse un “carácter fuerte y resistente”, fue convirtiéndose de a pocos en una pasividad roñosa, en una amargura solapada, en un cansancio estúpido e inexplicable. Ana, que nunca fue muy así, no lograba entender este cambio extraño que vivían los “visitantes”.
Cuando su amiga Melissa, con quien salió gracias a la extinta política de emancipación, se fue de la ciudad hacia el sur, no dejó de sentir un extraño sabor de boca. Sabía que las vigilaban, precisamente por ser parte de la última camada de niñas criadas en la guardería pre-gubernamental. Y que quizá la ida de Melissa fue parte de una jugada extraña y perversa de parte de los entes de gobierno. Una jugada, una declaración no sólo política sino un susurro al oído de Ana que ella aún no entendía del todo. Esto, por supuesto, le parecía aún más grave cuando lo ponía a la luz de la situación de Titi, o de personas que, como Titi, habían sido asimiladas por el sistema de apariencia pura e inocente que la propia ciudad material, a la vista, presta al contacto, no hacía más que esconder de maneras misteriosas. Era imposible, se decía Ana, que la ciudad fuera sólo esto y no, precisamente, todo el temblor y ruido continuo que la ciudad emitía… tan continuos, tan persistentes que lo más común era ser asimilado, terminar por ignorarlos. Esto, le habían dicho alguna vez en la guardería, era algo normal con lo que la raza (así hablaban en la guardería) se enfrentaba desde tiempos antiquísimos. “La lucha contra la costumbre”, resumía Melissa.
Lo terrible era ese proseguir cotidiano e incluso alegre de la vida social e íntima de los habitantes; ver de vez en cuando aerodeslizadores, encontrarse instalada profundamente en un esquema de habitabilidad lo suficientemente cómodo como para trabajar, amar e incluso proyectarse una vida desde ahí. Incluso sabiéndose vigilada, Ana no podía dejar de pensar que todo era como siempre ha sido o debió ser. Su cuerpo desnudo frente a un espejo, luego del baño, luego del contacto con la luz del bombillo LED del baño, luego del vapor del baño, del frío. Tomarse alguna foto, ahí, con el pelo húmedo y el espejo empañado. Con la sensación idiota (quizá) de que su libertad se reducía a decidir sus propias imágenes íntimas, la tibieza con que trataba su propio cuerpo, la tibieza y filo con que observaba los cuerpos de las demás. Titi era ejemplo… con su progresiva ansiedad, con la sensación cada vez más patente de ser vigilada incluso desde adentro, inexplicable, casi como un berrinche o, peor, como un síntoma esquizofrénico que la tomaba cada vez con más y más fuerza. Le quedaba quizá como salvación pensar en M. y sus fotos. En Martín, en sus nervios temblorosos, en su voz delicada y débil, en su ánimo plenamente obsesivo, “fiscaloide”, como le decía o intentaba decirle ella a Martín cariñosamente.
Por eso, los niños, las niñas del IClub (como lo nombró Ana en una broma secreta y tonta) eran una suerte de fantasmas. No tenía la impresión de que se dieran cuenta de que ella a veces las observaba, ni siquiera cuando Ana, una noche, rompió unas estivas de madera sobre las que estaba parada. No se mosquearon, simplemente miraron alrededor con pereza (?) y volvieron a su pequeño cine mudo. Lo que veían era un misterio para Ana que, además del tamaño de la pantalla, de la distancia y de su no tratada miopía, no podía obtener mayores pistas de lo observado en cada una de las sesiones.
Una tarde, antes de que (posiblemente) llegara el IClub, Ana dejó sus únicos audífonos tirados dentro de la sala, para que lo vieran y los usaran para sus proyecciones. En efecto, encontraron los audífonos, pero ni siquiera se molestaron en conectarlos. Nadie dijo nada, sólo alguien tomó el atado de cables, lo miró con gracia y luego de mostrárselos a sus compañeros los puso donde los encontró. Esa noche Ana estaba asustada, asombrada e inquieta. Se quedó mirándolos alrededor de dos horas hasta que le entraron muchas ganas de cagar y se fue a su casa como una gata herida. La luz, en la bodega, permaneció viva otras dos horas más.
