Nadie imaginaría que Suramérica sería la nueva Meca del Porno. Como si fuéramos para el mundo una pequeña provincia de lo que anteriormente fue Colombia. Un país muerto llamado Colombia, dividido ahora en guacas, soberanías de núcleo bravo, de ciudadcitas-estado, religiosidades post-apocalípticas, etc. La pequeña identidad de la provincia en sus fastos ruinosos: imágenes entrando y saliendo desesperadas, como si el sexo no fuera gozo, sino una constancia de atadura.
Todo comenzó gracias a Álvaro Urdaneta y a su esposa Violeta Pobre. Las dos comenzaron su carrera en Estados Unidos cuando se convirtió en una pequeña y destruida colonia brasileña. Qué años locos; fueron pocos, pero decisivos. Tuvieron que salir con premura de la colonia, pero llegaron de nuevo a su cuna. Llegaron al sur, a Pasto, donde no había tanto problema debido a las cercanías con (Barran-)Kito y las fuerzas transfronterizas que en él reposaban. Los años de la infección hacían aflorar por doquier una nueva sensualidad, una sensualidad mediada por un amplio afán sectario. Pequeños grupos se organizaban… u organizaban su apatía post-conflicto para crear más posibilidades de contacto sexual, económico, afectivo. Varias veces se escuchó de grupos de nómadas que practicaban “formas bestiales de amor libre” o grupos de jovencitas que decidieron nunca más follar ante el ojo del cielo o los ojos del aire, sacrificios íntimos. Podrían enterrarse en la tierra, como ídolos durmientes de piedra o jade, y descomponerse en busca de un sexo lento, parecido a la muerte cotidiana que cada persona llevaba consigo con cada vez menos vergüenza o cada vez más resignación, ¿sí pillan?
“Nueva sensualidad” igual y suena demasiado demandante. Tanto Álvaro como Violeta sabían de primera mano que no se trata de una novedad, sino del resurgimiento del contacto, la nueva forma del deseo, con pequeñas pero determinantes variaciones, una especie de Otro Día para el deseo humano. Se aprovecharon de ello. Eran tierras nuevas y estas tierras tenían otras formas de comunicarse con otras, de permitir la deriva de gente y sueños y pesos y necesidades. Algo en ellas mantenía el ánimo mercantil casi intacto. A pesar de la presencia de un mercado disgregado y con ansias de consumo, el Ministerio del Deseo que brotó en algunas ciudades-estado de las guacas del sur resultaba un camino de licitación atractivo. Es muy probable que tanto Álvaro como Violeta hayan accedido a presentarse en algunas de las convocatorias-licitaciones cerradas para productos pornográficos burocráticos. Estos brotes de producciones estatales no fueron muy longevos. Fueron, más bien, una especie de eco de algunos intentos fallidos en la península ibérica y, dicen, en la Asia meridional. Pequeños templos que se caen lentamente bajo un par de fieles consumidores de la fe de polvo de este mundo.
Los paisajes después del Valle del Patía eran la metáfora de sus días. El río Mayo, el río Patía, los barrancos, los túneles insípidos, las nubes invadiendo el valle desde las montañas como una jauría, el canto de las tractomulas aún en las piedras como pequeñas grabadoras magnetofónicas o parásitas sonoras. Los ojos.
