el Valle del Patía reposa en su cabeza como un pequeño nido en medio de montañas, selva y páramo
las nubes alrededor vibran y toman fácilmente la forma de tigrillos o de dantas tibias
no hay mucha valentía ni miedo, sólo algo parecido al terror que vibra en las nubes-dantas, en las nubes-tigrillos que bajan por las estribaciones como-sanguíneas de las montañas que acunan el calor del Valle del Patía
pocas saben llegar a los pequeños charcos de nubes, donde bailan las niñas aucas junto a colibríes y vacas diminutas
el calor es, irónicamente, como un reptil, como un reptil rojo que abraza nubes
el olor, de bosque seco tropical, es violáceo-brillos-magenta
y en cada tintineo de las piedras, en cada rasguido del aire contra motores y corazas de fibra de carbono o metal aglomerado, el espacio parece prometer un pequeñito fin
algunos guácimos se entregan con nobleza al aire espeso del Valle del Patía mientras un fermento mínimo en el suelo se levanta a pocos centímetros
alguien tiene una grabadora en sus manos, lo sé, e intenta con ardor registrar el roce de los frutos del guácimo con algo así como una panza del viento
a veces —escucho— el viento es como un casi-animalito de miles de bocas y miles de estómagos, como una casi-matica de fosforescencias fantasmales, como un casi-honguito que crece entre los grandes riscos y vuela
hay que pasar arrastrándose como una culebra que huye de un tigre o un perro de monte, y hay que oír cómo las aves tejen nubes de sonido sobre el río
y hay que resolver la disminución de luz ante el atardecer (momento de fiesta para el cuerpo)
podría pensar que la noche es la verdad de la imagen, el momento en que florece el cuerpo o despierta el cuerpo y duerme la visión, porque la visión no es el cuerpo, ay, la luz no perdona, pero las piedras comienzan su casi inviable movimiento hacia el centro de la tierra y la arena juega a dar volteretas con los restos de mi piel muerta
en un rincón de un arroyo —a lo lejos un vallenato sobrevive entre jícaros como una mariposa herida— reposa un arbusto de amor seco que recibe la última luz de la tarde
sus vainitas, enredadas sutilmente por telarañas abandonadas, se tornan ocres, abren boquetes vibrantes ante la penumbra
las hojas como si caminaran en la distancia, siguiendo unos pasos casi frescos
una florcita rosada, parienta de la mariposa-orquídea, suda un poco como una lengua
la luz se pega en las telarañas y en las verdecitas conspiraciones fotosintéticas
ciegas, la lengua y la flor, se humedecen
yo camino lentamente, soy un sol para los insectos voladores, fuente de energía, pila móvil del desierto
