Ana está en lo que era su oficina cuando prestó sus servicios para varios de los contratos de Álvaro y Violeta. Vinculación estatal. Un letrero rojo pintado a mano, al frente, dice: “No es el fin”. Publicidad política no pagada. Seudo-grafitis. El punto es ése, piensa Ana: no es el fin. En la ventana hay una flor de plástico. Unos anturios rojos de plástico. ¿Cómo es la mejor manera de llamar a ese cuerpo? ¿Imitación de anturios rojos? ¿Anturios rojos de plástico? ¿Los anturios no son solamente vegetales? ¿No es simplemente un adorno de oficia hecho de plástico? No es una planta, piensa Ana, es un adorno, no tiene culpa de no ser planta. Afuera ve una abeja revolotear, atraída quizá por los colores del adorno con forma de anturios rojos. El implemento con forma de anturios rojos está quieto, quietísimo (interna y externamente desértico). La abeja, en cambio, parece desesperarse. Ana abre la ventana. Una voz a lo lejos se queja del sonido. Quejido apagado y sin fuerza, sin intención de imponerse: un hipo, algo menos que las ganas de rascarse y no hacerlo por pudor. La abeja entra y se acerca al plástico moldeado como planta-flor-anturios-rojos. Ana oye el zumbido desesperado de la abeja.
