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La última foto muestra un potrero, quizá el último dentro del casco urbano de la ciudad, pelado, anaranjado, de tierra compacta. El cielo está grisazulado, con nubes de aguacero como manchas sobre una piel sin cuerpo, una piel que es su propio cuerpo. Está lloviendo, o empezando a llover sobre el potrero-terreno-baldío. En lontananza, una gran sombra de lluvia tiene gesto de embestida. Puede oír, al ver la imagen, el inicio abrupto del golpe de las gotas sobre la arena, los mínimos terrones agrupándose; puede oler el siempre confiable olor de nombre “tierra-mojada”.