Cuando ya había caminado unas 4 horas cayó un aguacero terrible y tuvo que correr a resguardarse en una pequeña gruta abandonada. Tenía la apariencia de haber servido de camino a una gran hacienda. Un portón la protegía un poco del agua. Se sentía ridícula teniendo que “protegerse” de algo como el agua, pero su cámara no era ella. Más valía agachar un poco la cabeza y quedarse viendo cómo llovía, como personaje de película japonesa. Como para completar su intuición-sensación, llegó un muchacho de rostro delicado y bello, bastante mojado, pero sin ganas de seguir caminando. Entablaron una amistosa conversa. El chico le contó la historia de un amigo suyo que había sido soldado en la frontera con Venezuela. Ambos venían de Medellín. Le contó que su amigo vivía con su madre en uno de los barrios devastados por los “derrumbres” (ella no sabía a qué se refería con “derrumbes”, pero tampoco le preguntó). Al volver del frente, quedó loco, le contaba el chico, y se dedicó a drogarse con choques-k que se procuraba muy fácilmente. Su adicción, junto a las cosas espantosas que vivió en la guerra lo tenían bastante mal, contaba, pero todo empeoró cuando sucedió el último “derrumbe” en esa zona. La bomba cayó (ella creyó intuir mejor qué eran esos tales “derrumbes”) cerca de un sitio que antes había sido una cárcel, cerca también de la casa de la mamá de su amigo. Él estaba en ese lugar cuando sucedió la detonación. Por algún motivo, milagroso quizá, no murió a causa de la explosión. El boquete que había abierto la detonación en el lugar había dejado al aire libre miles de huesos humanos, contando además los que habían salido volando a causa de la fuerza del impacto. Mi amigo, contaba el muchacho, se vio tirado en medio de cientos y cientos de huesos humanos, polvo de huesos, dientes, tierra y piedras. La ladera donde estaba era una fosa común enorme; el “derrumbe” había abierto de nuevo la boca de la fosa, dejando al descubierto los cientos de cuerpos que reposaban bajo tierra. El amigo del chico, después de eso, no se recompuso. Al contrario: empeoró, se deschabetó por completo. Llegaba drogado o en el amure de droga a la casa de su mamá a que lo dejara bañar, a comer algo, a robar alguna cosa, a procurarse un poco de agua salada. Si su mamá no estaba o no le abría la puerta, no hacía escándalo, sólo comenzaba a escribir con un lapicero o con un marcador en la fachada de la casa. Quién sabe de dónde los sacaría, dijo el muchacho, quizá queriendo darle verosimilitud a su historia a través de su propia incredulidad. La mamá al principio limpiaba todo lo que escribía el man, pero luego se resignó. Todo el espacio que pudo rayar, el man lo rayó. Escribió la siguiente historia, dijo el chicho, y sacó un viejo smarthphone que tenía una foto de la casa (hubiera comenzado por ahí, pensó ella). Leyó:
Había una vez un pequeño niño que jugaba a tener superpoderes. También él era el villano que se enfrentaba a ese héroe. El héroe había nacido en un huevo que reposaba en el ojo de una vieja gigante moribunda. El héroe brotó del huevo y tenía súper velocidad y súper fuerza, pero era ciego. El villano, que también era ciego, tenía el poder de la invisibilidad. El villano había brotado de entre las fibras del corazón de la gigante moribunda. El nombre de la gigante moribunda era Ymir. El héroe también podía ver el futuro y sabía que todo terminaba en sombras. El villano, que también podía convertirse en un murciélago, volaba sobre el reino buscando al héroe para destruirlo. El héroe y el villano nunca se enfrentaron, realmente. Todas sabemos que el héroe habría ganado. El héroe era un mendigo ciego pidiendo dinero, pero también un pequeño policía entre las gentes tristes que habitaban su reino. La gigante moribunda terminó de morir y ese día el héroe y el villano recuperaron la vista para siempre.
Cuando terminó de leer, se rio. Creo que a mi amigo le gustaba mucho el ánime, dijo. Ella estaba un poco confundida e intrigada. Hablaron un poco sobre la pequeña historia. El chico dijo que quizá su amigo había seguido escribiendo la historia. Las nubes se movían como en un caldo gris. Ella se sentía triste o sin esperanzas, no sabía bien cómo diferenciar una cosa de otra.
Al rato dejó de llover y ambos caminaron en dirección al sur, mientras el cielo se volvía un boquete alimentando el bochorno del territorio. Caminaban entre charcos con cuidado y en silencio. Al caer la noche, por suerte, encontraron un caserío abandonado. Hicieron cambuche en una caseta de aluminio que tenía graffittis en clave, indescifrables pero bellos, sobre la antigua publicidad de alguna cerveza o bebida de gas. Mientras ella dormía, el chico robó varias de sus pertenencias, entre ellas, su cámara un tanto humedecida.
