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Existía un pequeño club de cine porno: Ojo sin Ojo. Hacían no sólo pedidos a productoras, actrices, actores porno, con dinero que reunían entre todos, como una especie de diezmo, sino también proyecciones privadas de ese y otros tipos de material. Se reunían todos los domingos, a eso de las 2 p.m. Las sesiones llegaban a durar a veces entre 5 y 6 horas. Algunas veces, si la charla y las discusiones eran muy agitadas, hasta 9 horas. Entre los más entusiastas de las charlas estaban algunxs aficionadxs al estudio de la pornografía como fenómeno material-estético e, incluso, como fenómeno de estudio de una posible Teoría de las Post-imágenes. Muchas de estas charlas estaban permeadas (de maneras a veces demasiado sutiles) por textos encontrados/recuperados por asechadores bibliográficos que tuvieron (o mantenían aún de formas desconocidas) contacto con las bibliotecas móviles trans-f antes de que todo se volviera un mierdero. El grupo se reunía en un pequeño garaje abandonado que habían acomodado para las proyecciones. Todo era manejado con cierto tacto de secta, con demasiado interés en mantener la privacidad del grupo.

Una de esas tardes, vieron la película que protagonizó y produjo Renata Guido (aka. Daughter Miller) con el dinero que, por medio de Doménico y Helena, llegó a ella. La habían llamado Río arriba: por alguna razón, la violencia de la película les parecía una especie de ida río arriba en busca de un origen fluvial, o en busca del origen de los muertos. Cosas así. Martín Caicedo, joven teórico entusiasta, había propuesto el esquema del guion. Dirigió esa tarde la proyección. Leyó este documento antes de iniciar la película:

Hemos asistido a la muerte de los tiempos y estos tiempos son la prueba de la persistencia de la vida. No estaban equivocados aquellos que decían que el fin del mundo era simplemente la extinción de ciertas fronteras, porque nunca se acaba el mundo, así como nunca inició realmente. Pero ha sido una constante tener que aprender a recordar lo que nos ha traído aquí. Sobre esto escribió Robert, y lo cito: “No hay nada peor que una memoria infectada de fe”. Y, basándonos en el común principio de que nada es útil hasta no ser puesto en práctica, creé la escaleta de lo que ahora es Río arriba. La actriz D. Miller accedió, después de que la propuesta fuera rechazada por Gauge II, a realizar este corto pornográfico que nos reúne esta tarde, tan especial para mí. Es la primera sesión que dirijo desde que hago parte del Club OsO, y es un halago para mí. Quisiera que antes de lanzarme en la especulación de los propios pasos, viéramos con asombro y atención el producto que encomendamos en conjunto.

La proyección fue un éxito. Luego de terminados los cortos créditos se prendieron las luces. Martín se levantó, dio las gracias y procedió a leer este documento:

Lo que acabamos de ver excede mis expectativas. Ya la había visto, por supuesto. La película distorsiona todo aquello que hemos asimilado de los conflictos pasados, nosotros tan urgidos de recontextualización, tan urgidos de un paso más. La película nos sirve para reconfigurar nuestras ganas de vivir nuestro presente territorio. La naturaleza de las cosas parece insistir en el vaciado de recuerdos, en la fatal desventura de un futuro blanco e indiferente. Pero todos aquí sabemos que es imposible ser indiferente, que en el cuerpo retumban voces y ecos de tiempos que nuestros ojos no han visto y nuestra mente se niega a imaginar, que el cuerpo pide un futuro sin el cuerpo. Renata G., aquí, es la presentación no sólo de este pasado perturbador, sino también de aquellas fuerzas sexuales que lo mueven aún en nosotros. No quiero extenderme demasiado al respecto. Pero, como ya he compartido con ustedes, pienso que la única memoria posible es la sexual, y aquella que tiene como sustento esta energía sexual que la pornografía, mejor que cualquier otro producto cultural humano, es capaz de poner en el orden de la mutua presentación, del mutuo contacto. Esta memoria es la pila para un envión final hacia la homogeneidad complementaria. Se trata de una fuerza sexual compleja, instalada en la violencia, donde la muerte y el error aparecen como parte fundamental del registro pornográfico y la posibilidad de una no-vida eternizante, el sueño de este servidor. Las cosas siguen su camino a través de otras, encontrando, como imantadas, sus flujos. El cuerpo de Daughter Miller, el hombre-guerrillero abusando de ella, la manera en que el sonido de su encuentro nos señala la profundidad de nuestros códigos, el montaje sencillo pero poderoso, de teatro, de farsa… todo esto es parte de nuestra arriesgada lucha contra el olvido y la entrega a la memoria final, a la memoria de un dolor que no distingue gozo, ruptura, aniquilación o salvación.