Esta noche en el Club vimos una película llamada No matarás. En una de las escenas más emotivas y chocantes, el joven protagonista mata a un taxista sin aparentes motivos. El rostro ensangrentado del taxista me hizo recordar, en el breve momento en que aparece, al paisaje del Ortigal, el pueblo donde nacieron mis padres. Ellos me decían que era un pueblo medio árido pero lo suficientemente fértil: había algunas riveras, algunos caudales, pequeñas islas verdes que vibraban con las lluvias frecuentes. Eran tiempos al borde del fin, seguramente. La tierra era anaranjada y olorosa. Los niños corrían con perros y gatos escuchando música en celulares que sólo tenían espacio para tres o cuatro archivos mp3. Una y otra vez escuchaban las mismas seis, ocho canciones, hasta que alguno podía subirse a un bus e ir a Bolívar en busca de un familiar que lo ayudara a cambiar en secreto sus canciones y, por tanto, sus juegos. Desde el bus veía alejarse su vereda. Una vereda sin sistema de acueducto, con islas de basura y monte y matas de coca y huesos de vaca. Cuando yo conocí el Ortigal, las islas de basura y de monte habían mermado muchísimo. Fui a conocer la tierra de mis fallecidos padres (ambos fueron desaparecidos luego de la guerra del 22). Desde los puntos más altos de la vereda un hombre con un tarrito de plástico echaba agua ladera abajo, creando pequeños hilos de agua anaranjada que bajaban lentamente por la falda de la montaña, entre las estribaciones tibias del paisaje. Nunca pregunté por qué ese hombre botaba el agua así. No soporté mucho tiempo el paisaje, la rudeza casi marciana del paisaje, los pocos gavilanes al borde del precipicio volando como autistas. Comencé a caminar al lado de la carretera en busca… [se corta el audio].
